El saludo. Querida “República”: desde muy temprana edad aprendemos, en casa, nociones básicas sobre cómo se reparten el tiempo, la atención, el dinero, las oportunidades. Más adelante, en el trabajo, esa misma lógica distributiva adquiere matices de productividad y mérito.

Pero distribuir no solo es dividir; es decidir qué vale más y para quién; ahí nace una tensión constante entre igualdad y justicia. Y cuando esa lógica entra en “La Cosa Pública”, cambia de dimensión: se cruza con el poder.

El mensaje. Hay una idea que atraviesa la historia política: el poder difícilmente se comparte. Más que una consigna, es un patrón. Estudios sobre concentración de poder -como los de Daron Acemoglu y James A. Robinson- muestran que las élites tienden a diseñar instituciones para conservar el control, no para repartirlo.

En la práctica, sin importar partidos, la dinámica se repite: los liderazgos construyen estructuras cerradas, concentran decisiones y limitan la participación real; la distribución del poder se sustituye por su administración.

Cuando el poder se hereda, tampoco se democratiza: se reacomoda. Cada ciclo político lo personaliza y lo reorganiza para sostenerse; se tejen alianzas, se forman bloques y se redefinen reglas desde el “oficialismo”. Y hay algo constante: el poder se ejerce. La disidencia rara vez es neutral; suele tener costos.

La popularidad se vuelve el principal combustible del poder político; con un respaldo mayormente vinculado a la percepción de beneficios directos y cercanía con la gente. De ahí surgen tres pilares: redistribución visible, programas sociales y narrativa de proximidad. Todo cabe en una frase simple: “yo sí te doy lo que antes no te dieron”.

El problema es cuando esa lógica sustituye a las reglas. Cuando la distribución depende más de la voluntad que de instituciones, se debilita el Estado de Derecho, se reduce el espacio cívico, se sacrifica la profesionalización, se ignora la idoneidad para ocupar cargos y se relegan temas clave como la seguridad o el crecimiento económico.

Ejemplos sobran. Basta con observar los recientes nombramientos de la presidenta Sheinbaum; los “reacomodos” de Ariadna Montiel, Citlali Hernández y Luisa María Alcalde no solo desdibujan la frontera entre Morena y su gobierno, también confirman una lógica electoral orientada a mantener el poder a toda costa.

La concentración excesiva no solo ocurre en la política. También en lo cotidiano: en organizaciones, en familias, en cualquier espacio donde alguien decide por todos. Y ahí aparece la misma pregunta: ¿quién se siente realmente representado?

El poder pesa. Y distribuirlo bien es una de las mayores responsabilidades.

La despedida. Querida “R.”: cuestiona cómo se distribuye el poder a tu alrededor; pero también, cómo lo ejerces tú. Decidir mejor sobre tu tiempo, tus recursos y tus talentos también es una forma de empoderarte.

La firma. Tu amigo: “El Discursero”.

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