El saludo. Querida “República”: vivimos tiempos extraños; mientras unos “defienden” la soberanía nacional con ánimos exacerbados -y cartas escritas desde “La Chingada”-, otros solicitan al “oficialismo” romper el pacto criminal; mientras la violencia reclama titulares, la economía inquieta bolsillos y la polarización permea cada conversación, millones de mexicanas y mexicanos compartimos una espera distinta.

Lo que esperamos es que por fin ruede el balón y consiga lo que nadie logra: detener el tiempo, pausar las discusiones, suspender preocupaciones y unirnos.

El mensaje. ¡El mundial está aquí! Dentro de unos días, el balón volverá a rodar en el Estadio Azteca, que se convertirá en el primero del mundo en albergar tres inauguraciones mundialistas.

Y cuando eso ocurra, aunque sea por un instante, “La Cosa Pública” dejará de pertenecerle a los gobiernos, a los partidos y a los “comentócratas” de siempre: será del balón. Del mismo balón que, como escribió Juan Villoro, es “redondo, escurridizo y perfecto”.

Ese “dios del futbol” frente al que todos volvemos a ser iguales, porque es profundamente democrático; esa “redonda” que no distingue ideologías, credos ni clases sociales; que lo mismo rebota en el llano, que en el césped de un estadio monumental; que se deja acariciar tanto por el niño que juega descalzo, como por el futbolista que vale millones de dólares.

Y sí, el futbol provoca algo que la política rara vez consigue: nos recuerda que todavía somos capaces de emocionarnos como niños por un sueño compartido. Durante treinta y nueve días habrá menos “chairos” y “fifís”, menos izquierda y menos derecha, menos adversarios y más compañeros de tribuna. Nos volveremos a abrazar por razones simples: un gol, una atajada, un himno cantado a todo pulmón, una hazaña inesperada.

A ti, querido balón, verdadero protagonista de esta historia, quiero pedirte algo: no permitas que te distraigan la mala organización, los bloqueos, los aeropuertos parchados, los puentes pintados de morado, ni las “mañaneras”. Toléranos desde ahora por sacar al entrenador que todos llevamos dentro; por seguir creyendo que la Selección va a romper la maldición del quinto partido; o por descargar nuestras frustraciones contra “El Vasco” y “Paco Memo”. Es nuestra manera de sufrir, pero también de creer.

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