El saludo

Querida “República”: ¿cabe la sensatez donde reina la algarabía?, ¿donde el consumo desplaza la mesura?, ¿donde el fanatismo sustituye al juicio?, ¿donde romper las reglas parece justificable?, ¿donde incluso la muerte deja de conmover a “La Cosa Pública”?

El mensaje

La mejor forma de reconocer la sensatez, es notando su ausencia.

Esta Copa del Mundo nos ha recordado que, en un mundo profundamente polarizado, el futbol sigue siendo uno de los pocos lenguajes capaces de mover millones de emociones al mismo tiempo.

Nos reúne con la familia y los amigos, nos permite abrazarnos, celebrar los triunfos de la Selección y compartir un orgullo que pocas cosas despiertan con tanta fuerza.

Pero dicho “poder emocional” también puede convertirse en un refugio para dejar de mirar la realidad. Mientras la atención se concentra en la cancha, los problemas del país parecen hacer una pausa que, en realidad, nunca ocurre. La euforia termina siendo una ilusión cómoda para el poder y una tentación para una sociedad que, por momentos, prefiere sentir antes que pensar.

Es ahí cuando comenzamos a perder la sensatez; cuando dejamos de medir las cosas por lo que son y empezamos a hacerlo por lo que queremos que sean; cuando las emociones sustituyen a los hechos; cuando la pasión deja de convivir con la verdad.

Estos días hemos confirmado que el futbol es mucho más que un simple juego. Jorge Valdano lo define como “un territorio emocional que crea comunidad”. Y precisamente porque convoca emociones tan profundas, advierte que también puede convertirse en un espacio donde aparecen el odio, la agresión, el racismo y una violencia que jamás debería encontrar lugar en una fiesta pensada para unir al mundo.

Por eso cuidar al futbol también significa cuidar nuestra propia sensatez.

Recuperar el espíritu que nos permite competir con respeto y determinación, sin confundir a un rival deportivo con un enemigo.

Aceptar que cuando discutimos sobre “Messi o Ronaldo” es porque, de algún modo, nos vemos reflejados en la cancha.

Reconocer que, aunque siempre será emocionante “subirnos al barco” de los triunfos de nuestra Selección, ese barco no representa la totalidad de un país que sigue siendo diverso, contradictorio y profundamente lastimado por la violencia, la desigualdad, la manipulación y el mal gobierno.

Y entender, finalmente, que la sensatez sigue siendo la única capaz de devolvernos al punto de equilibrio donde el amor por México prevalezca sobre cualquier intento de dividirnos.

La despedida

Querida República: “¿y si sí?”

La firma

Tu amigo: “El Discursero”.

P.D. En espera de una próxima carta, deshazte del sobre amarillo.

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