Cotidianamente me toca organizar y participar en foros con ciudadanos de perfiles muy distintos: empresarios, estudiantes, colonos, académicos... Como es normal, siempre existen diferencias de opinión respecto de los temas que se discuten; pero hay algo que me llama poderosamente la atención: es mucho más común encontrar acuerdos y mejores ideas, en aquellos foros en los que existe mayor disposición de escucha.

Quizá ese sea uno de los mayores desafíos de nuestro tiempo. Vivimos en una época de comunicación permanente, pero de conversación escasa. Nunca habíamos tenido tantas herramientas para intercambiar ideas y nunca había sido tan fácil encerrarnos en espacios donde únicamente escuchamos aquello que confirma nuestras propias creencias.

El resultado es una conversación pública cada vez más polarizada y que no construye.

Sin embargo, los grandes problemas de nuestras comunidades no se resuelven desde los extremos. La seguridad, el agua, la movilidad, la educación, la salud o el desarrollo económico requieren diálogo, entendimiento y capacidad para construir acuerdos. Requieren reconocer que ninguna persona, grupo político o institución posee por sí sola todas las respuestas.

Por ello, cada vez estoy más convencido de que el verdadero liderazgo democrático no consiste en imponer una visión, sino en crear las condiciones para que las mejores ideas puedan encontrarse, contrastarse y fortalecerse mutuamente. La democracia no debería entenderse como un enfrentamiento permanente entre adversarios. Debería ser una conversación permanente entre ciudadanos, con diferentes perspectivas, que comparten un mismo destino.

Eso exige algo que parece sencillo pero que resulta profundamente difícil: humildad intelectual. La disposición para aceptar que podemos estar equivocados, que otras personas pueden ver aspectos que nosotros no vemos y que toda perspectiva aporta una parte de la realidad. También exige empatía. La capacidad de escuchar antes de responder, comprender antes de juzgar y buscar puntos de encuentro antes que diferencias.

Durante mucho tiempo, los gobiernos se han concebido como estructuras encargadas de diseñar soluciones para la sociedad. Hoy, frente a la complejidad de los desafíos contemporáneos, esa visión resulta insuficiente.

Por ello, sostengo que los líderes políticos idóneos para el siglo XXI son aquellos que, no renunciando a su obligación de toma de decisiones, logran sistematizar la conversación y orquestan el talento social. Su función no consiste solamente en decidir, sino en convocar, escuchar, articular y generar las condiciones para integrar el talento colectivo. Se trata de que la conversación fluya de manera sistemática y las mejores ideas florezcan.

Cuando una sociedad aprende a escucharse, sus acuerdos mejoran. Cuando ciudadanos y autoridades dialogan, las decisiones son más legítimas y se construye confianza. Cuando construimos confianza, construimos futuro.

Se acercan los tiempos -debemos acelerarlos- en los que la polarización terminará por cansar a la sociedad. Se cansará de los discursos que dividen, de las narrativas que enfrentan y de las ideologías que convierten al vecino en enemigo. El ambiente estará fértil entonces para las narrativas que empujen con fuerza a la cooperación humana.

Porque el futuro no pertenece a quienes hablan más o gritan más fuerte. Pertenece a quienes son capaces de conversar mejor y alcanzar acuerdos.

Secretario de Planeación y Participación Ciudadana

Google News