Durante los últimos años hemos comprado con demasiada facilidad la idea de que la inteligencia artificial puede resolver prácticamente cualquier problema.

Le atribuimos capacidades casi humanas y hablamos de ella como si comprendiera, razonara y hasta fuera creativa. El reciente caso del examen de ingreso a la UNAM sirve para bajarnos un poco de ese hype.

La paradoja es interesante. Se recurrió a herramientas tecnológicas para vigilar un examen remoto y detectar irregularidades, mientras algunos aspirantes encontraron maneras de utilizar otras herramientas digitales para evadir esos controles. Ante las sospechas, la UNAM terminó recurriendo a algo bastante menos sofisticado: repetir evaluaciones de manera presencial.

No creo que esto demuestre un fracaso de la inteligencia artificial. Más bien exhibe las limitaciones de confiarle a la tecnología un problema que también involucra comportamiento, incentivos y creatividad humana.

Porque conviene recordar, en medio del entusiasmo, que los modelos generativos no entienden el mundo como nosotros. Procesan enormes cantidades de información, reconocen patrones y producen respuestas estadísticamente plausibles.

Son extraordinariamente buenos haciéndolo, pero detrás de una respuesta convincente no existe necesariamente comprensión, intención ni conciencia de lo que esa respuesta significa.

Y nosotros solemos completar mentalmente lo que falta.

Si una máquina escribe, suponemos que comprende. Si produce una imagen novedosa, decimos que imagina. Si responde correctamente un problema, concluimos que razona como nosotros. Esa humanización de la tecnología quizá sea uno de los mayores obstáculos para utilizarla adecuadamente.

Por eso creo que necesitamos una segunda generación de alfabetización digital.

La primera consistió en aprender a utilizar computadoras, navegar por internet, buscar información y desenvolvernos en plataformas digitales. La siguiente tendrá que enseñarnos algo más complejo: entender cómo funcionan estos sistemas, reconocer sus limitaciones, verificar sus resultados y decidir cuándo debemos —y cuándo no debemos— delegarles una tarea.

Eso implica también transformar la educación. Prohibir ChatGPT y herramientas similares difícilmente resolverá el problema. Pero fingir que nada cambió y continuar evaluando exclusivamente productos que una máquina puede generar en segundos tampoco parece viable.

Quizá la habilidad digital más importante de los próximos años no será aprender a escribir el mejor prompt, sino entender qué podemos pedirle a una máquina y reconocer aquello que todavía nos corresponde hacer a nosotros.

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