Las grandes empresas de Inteligencia Artificial, como OpenAI y Anthropic, han sugerido bajar la velocidad del desarrollo para tener tiempo para la reflexión sobre los riesgos de esta tecnología.

Ejemplos recientes de agentes de IA saliéndose de su “guardería” y hackeando empresas hicieron saltar las alarmas. El futuro post apocalíptico de máquinas sin control, profetizado por la ciencia ficción, parecía un escenario menos remoto.

Sin embargo. El verdadero riesgo masivo de la IA es más cercano, tangible y nocivo. Tiene más que ver con la usurpación de profesiones que con androides despiadados haciendo ajustes de cuentas contra quienes no dan las gracias tras los servicios prestados.

Las naciones han establecido regulaciones para el ejercicio de determinadas profesiones, con requisitos mínimos de preparación, calidad y responsabilidad. Una mala praxis puede poner en riesgo el patrimonio, la salud y la integridad de las personas.

Ese es el riesgo de las universidades “patito” cuando carecen del Reconocimiento de Validez Oficial (RVOE). Un riesgo similar riesgo aflora cuando alguien, contagiado del optimismo de ChatGPT, cree que puede prescindir de una consulta médica, de un abogado o un Director Responsable de Obra.

Un ingeniero puede apoyarse en IA; la tecnología puede ampliar su productividad, alcances y capacidades. Pero si la estructura falla no irá a la cárcel la calculadora, la computadora o la IA. El responsable será el profesionista que firmó el proyecto.

Lo mismo aplica a decenas de profesiones y oficios que, contagiados del “hype” de la IA, se vaticina que desaparecerán ante la eficiencia e inmediatez de la tecnología.

Se pasa por alto que la velocidad de la inteligencia artificial también puede acelerar la estupidez humana, y ya lo vimos en la guerra de Estados Unidos contra Irán. El sinsentido de la guerra se ha hecho más eficiente para destruir con la ayuda de la IA.

Por eso, una primera tarea para tener un uso humano y responsable de la IA es la alfabetización digital. Hay que explicar a los usuarios, como los sellos negros de las golosinas, que la inteligencia no es tal.

Se trata de una herramienta estadística muy potente. La muestra más plausible es la epidemia de diseños elaborados con Inteligencia artificial. No son creativos, no se ven todos iguales porque provienen de un ejercicio de estadística.

Un prompt de Gemini o Claude no producirá al siguiente Van Gogh ni al siguiente Debussy. En la IA no hay creatividad ni humanidad, hay estadística.

En términos filosóficos, la máquina no tiene conciencia, no tiene voluntad, no tiene libre albedrío ni moralidad. Funciona con los parámetros que la humanidad ha generado. Si en el entrenamiento de la IA se usa basura, la IA nos regresará basura.

En pos de la alfabetización digital, las autoridades deberían obligar a las compañías a poner sellos a estos productos; deben advertir de forma visible y clara sobre los riesgos que supone el mal uso de su herramienta. La tecnología no es intrínsecamente mala o negativa, somos las personas quienes le damos uso inadecuados.

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