El saludo. Querida “República”: el disfraz es un artificio; una simulación que altera la apariencia de las cosas para que la realidad no sea reconocida tal como es. Desde temprana edad usamos las caretas, los antifaces y las máscaras para ocultarnos detrás de personajes imaginarios. Con el tiempo descubrimos que los disfraces no sólo se usan en las fiestas; también aparecen en “La Cosa Pública” y, con frecuencia, en la política convertida en espectáculo.
El mensaje. La política, fiel reflejo de las personas, suele ofrecer más máscaras que rostros. Con demasiada frecuencia somos gobernados desde la percepción y no desde la realidad; imágenes, símbolos, discursos y narrativas se convierten en disfraces capaces de suavizar errores, ocultar intenciones o maquillar fracasos.
El gran acierto político del “oficialismo” ha sido precisamente ese: construir un disfraz eficaz. Presentarse como la voz exclusiva del “pueblo sabio”, como el intérprete legítimo de sus causas y aspiraciones.
Sin embargo, la realidad suele terminar por rebelarse contra los disfraces. En la búsqueda de apoyo político, el gobierno prefirió fortalecer alianzas electorales antes que emprender una verdadera transformación educativa.
El expresidente López Obrador revivió y fortaleció la relación con el sindicato de la CNTE; y durante la campaña presidencial de Claudia Sheinbaum se ofrecieron compromisos que hoy siguen sin cumplirse. El resultado está a la vista: miles de maestros han tomado las calles, intensificado bloqueos y sitiado durante semanas a la Ciudad de México.
Pero ellos no son los únicos inconformes. También protestan las madres buscadoras, los estudiantes de Ayotzinapa, los trabajadores de la salud, los pacientes sin medicamentos, los pensionados de Pemex y de la CFE, los productores del campo, los transportistas; así como millones de mexicanos atrapados entre la violencia, la corrupción, la impunidad y las promesas incumplidas.
Paradójicamente, mientras el país se deja envolver por el ambiente mundialista, miles de ciudadanos recuerdan desde las calles que existe otro México. Uno menos festivo y mucho más doloroso; uno con problemas que ningún disfraz logra desaparecer.
Aun así, la reacción oficial ha sido negar la magnitud del descontento. “Se quiere hacer parecer que en México hay una ebullición social muy grande y eso no es verdad”, afirmó la presidenta Sheinbaum. Pero hay algo que ningún gobierno puede controlar indefinidamente: la realidad.
La despedida. Querida “R.”: ¿qué disfraces utilizas?, ¿cuántos de nosotros somos realmente lo que somos y no aquello que aparentamos ser?
La firma. Tu amigo: El Discursero.
P.D. En espera de una próxima carta, deshazte del sobre amarillo.
























