El saludo

Querida “República”: vivimos tiempos de ocultamiento. De narrativas que pretenden tapar o callar la verdad; de actores políticos y propagandistas que buscan esconder los abusos del poder y normalizar el silencio.

El mensaje

Cuando el mayor empeño del “oficialismo” es ocultar la verdad, el poder se desvirtúa, la democracia se debilita, las instituciones se tuercen y la justicia termina arrodillada al servicio del poder.

Piensa en una escena como ésta. Imagina a una persona depositaria de información de seguridad nacional; alguien que participó en mesas donde se compartían diagnósticos, estrategias y tareas derivadas del trabajo de inteligencia. Ahora imagina que, mientras todo eso ocurría, esa misma persona colaboraba con redes criminales transnacionales. Después acepta, por un momento, que nadie a su alrededor lo supo. Y finalmente imagina que las instituciones del Estado son utilizadas para emprender venganzas políticas y distraer la atención de la criminalidad incrustada en las más altas esferas del poder.

Esa escena dejó de ser un simple ejercicio de imaginación. Hoy forma parte del debate público, mientras el “oficialismo” intenta enterrar la verdad que representa el huachicol fiscal y la compleja red criminal que lo sostiene: un esquema que, de acuerdo con estimaciones de especialistas y autoridades aduaneras, podría representar pérdidas cercanas a 200 mil millones de pesos anuales para el erario.

Por eso, para el régimen, lo importante ya no parece ser el esclarecimiento de los hechos, la solidez de las pruebas o el debido proceso. La prioridad es el contraataque político y mantener viva su narrativa, aunque ello implique desviar la atención de las preguntas que realmente importan.

Pregúntate, por ejemplo, ¿quién ha tenido bajo su responsabilidad los puertos, las aduanas, los buques, la Marina, la Fiscalía y buena parte del aparato institucional del Estado?, ¿cuántas campañas políticas pudieron haberse financiado con recursos provenientes de esa maquinaria criminal?

La gravedad del engaño trasciende nombres, sexenios y colores partidistas. Ayer fueron García Luna o Lozoya Austin; hoy las sospechas alcanzan a otros actores del poder como Ojeda Durán, Rocha Moya, López Beltrán o López Hernández. Los nombres cambian, pero el mecanismo permanece: ocultar la verdad, proteger a los propios y aplazar la rendición de cuentas. Ese es el verdadero cáncer que erosiona “La Cosa Pública”.

La despedida

Querida República: recuerda a Kierkegaard cuando advertía que existen dos maneras de ser engañados: “una es creer lo que no es verdad; la otra, negarse a aceptar lo que sí es verdad”.

La firma

Tu amigo: “El Discursero”.

P.D. En espera de una próxima carta, deshazte del sobre amarillo.

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