Hay embarazos que duran apenas unas semanas, pero que alcanzan a ocupar un espacio enorme en quienes los esperan. Una prueba positiva, una primera consulta, un ultrasonido. Y después, inesperadamente, el embarazo se detiene.
La pérdida gestacional temprana es mucho más frecuente de lo que solemos imaginar. Se estima que alrededor del 10 al 20% de los embarazos clínicamente reconocidos terminan en una pérdida espontánea, la mayoría durante el primer trimestre. Si consideráramos también aquellos que ocurren antes incluso de que una mujer sepa que está embarazada, la cifra probablemente sería mayor. Y, sin embargo, hablamos poco de ello.
Una de las preguntas más frecuentes después de una pérdida es también una de las más difíciles: “¿Qué hice mal?”. La mayoría de las veces, la respuesta es: nada. Y tampoco había algo que se hubiera podido hacer para evitarlo. Una proporción importante de las pérdidas del primer trimestre ocurre porque el embrión presenta alteraciones cromosómicas que impiden que el embarazo continúe desarrollándose normalmente. Son eventos que generalmente suceden al azar durante las primeras etapas del desarrollo. Esto es importante porque, ante una pérdida, muchas mujeres reconstruyen mentalmente los días y semanas anteriores buscando una explicación. Encontrar una causa, sin embargo, no siempre es posible.
También es importante saber que haber tenido una pérdida gestacional aislada no significa necesariamente que exista un problema de fertilidad ni que vaya a repetirse. La mayoría de las mujeres que experimentan una pérdida temprana posteriormente tendrá un embarazo saludable. Cuando las pérdidas son recurrentes, existen estudios que pueden estar indicados para buscar causas genéticas, anatómicas, hormonales o inmunológicas, entre otras. Pero después de una única pérdida temprana, realizar múltiples estudios no siempre aporta respuestas y puede generar más ansiedad.
Y luego está una parte de la que hablamos todavía menos: el duelo. Dos personas pueden vivir exactamente la misma situación de maneras completamente diferentes. Para algunas, una pérdida temprana será un acontecimiento doloroso pero relativamente fácil de procesar. Para otras puede significar la pérdida de un futuro que ya habían comenzado a imaginar alrededor de ese embarazo. No existe una cantidad de semanas de embarazo necesaria para tener derecho a sentirse triste.
Como médicos, tenemos una grn responsabilidad. No solamente confirmar mediante un ultrasonido que un embarazo dejó de evolucionar o explicar las alternativas de tratamiento. Debemos acompañar, responder preguntas y, sobre todo, dejar claro que, en la mayoría de los casos, la causa no está bajo nuestro control.
Hablar de las pérdidas gestacionales no hará que sean menos dolorosas. Pero puede hacerlas menos solitarias. Porque incluso aquellos embarazos que casi nadie alcanzó a ver pueden haber sido profundamente esperados, imaginados y queridos.























