El saludo
Querida “República”: es común asociar valores como el avance, el progreso y el perfeccionamiento con la enseñanza. Pero cuando hablamos de políticas educativas, esa aspiración suele desvanecerse.
“La Cosa Pública” parece acostumbrada al retroceso educativo; a la práctica de “hipotecar” el futuro de millones de estudiantes al convertir su educación en botín político y campo de batalla electoral e ideológico.
El mensaje
La promesa de una “nueva escuela mexicana” del “oficialismo” sigue generando más pifias que resultados.
Cumplió con lo esperado: impuso su ideología en los planes y libros de texto, revivió añejas alianzas sindicales, desterró la profesionalización docente, ignoró el énfasis internacional en la formación científica y tecnológica, redujo las escuelas de tiempo completo y el presupuesto destinado a la educación.
Y al hacerlo, falló en lo fundamental.
Así lo reflejan la caída en la matrícula y en la cobertura escolar; pero, sobre todo, los resultados de la prueba PISA 2025, que materializan el retroceso educativo de México durante los últimos veinticinco años.
Hoy somos el penúltimo país de la OCDE en ciencias y comprensión lectora, el antepenúltimo en matemáticas y el cuarto con desempeño más bajo en pensamiento computacional.
Cuatro de cada diez estudiantes mexicanos de quince años quedaron por debajo del nivel básico en lectura, matemáticas y ciencias; y 41.8% no alcanza siquiera el nivel 2, considerado por la OCDE como el umbral básico de competencias para desenvolverse en la sociedad.
No se trata solamente de posiciones en una tabla. Detrás de esos números hay jóvenes que enfrentan dificultades para comprender un texto, resolver un problema matemático o desarrollar un proyecto científico; hay capacidades que no estamos formando y oportunidades que estamos dejando pasar.
A los ojos de cualquiera, quizá con excepción de los del “oficialismo”, estos resultados dejan constancia de un retroceso y de una crisis de aprendizaje.
Que México haya obtenido su peor desempeño histórico en PISA no significa que antes estuviéramos bien. En materia educativa ya íbamos mal; ahora estamos peor.
La despedida
Querida “R.”: a estas alturas, ¿qué debería preocuparnos más?: ¿los resultados que materializan una tendencia negativa, o la indolencia de un gobierno que se niega a reconocerlos y ajustar el rumbo de la educación pública?
La firma
Tu amigo: “El Discursero”.
P.D. En espera de una próxima carta, deshazte del sobre amarillo.























