El mundo cambia aceleradamente. No estamos simplemente ante una época de cambios, sino ante un cambio de época. Se está construyendo un nuevo orden económico y de poder geopolítico global, acompañado por la irrupción de modelos de gestión inéditos que impactan tanto al sector privado como al público. La combinación de la hiperglobalización y la tecnología está provocando modificaciones profundas que ya alteran nuestra vida diaria.
Como todo proceso disruptivo, esta velocidad genera incertidumbre y riesgo. Es innegable, por ejemplo, que la adopción de la Inteligencia Artificial y la automatización reconfigurarán el mercado laboral, desapareciendo profesiones enteras. Sin embargo, en medio del ruido y las voces catastrofistas, yo sostengo que nos encontramos ante la oportunidad más destacada de nuestra era: la de realizar cambios profundos para mejorar, de raíz, nuestro futuro colectivo. Esta disrupción nos invita a repensar los modelos, las normas y los valores bajo los cuales convivimos.
Tenemos una oportunidad histórica para diseñar nuevos caminos que nos permitan vivir con mayor conciencia sobre lo que es verdaderamente importante para alcanzar una buena vida. A diferencia de otras épocas de crisis, hoy contamos con ciencia y estudios suficientes que sugieren patrones claros para lograr calidad de vida, tanto en el plano personal como en el comunitario.
Es esperanzador, por ejemplo, acudir a lecturas respaldadas por la evidencia científica como la del historiador Rutger Bregman en su obra Dignos de ser humanos. Bregman desmonta el viejo mito de que el ser humano es egoísta y salvaje por naturaleza. Si nos hemos identificado bajo esa óptica, es porque el sistema y las estructuras en las que vivimos nos inclinan y premian ese egoísmo. En condiciones de normalidad, la tendencia natural de nuestra especie es hacia la empatía y la colaboración. El reto, por lo tanto, no es cambiar la naturaleza humana, sino comenzar a diseñar organizaciones e instituciones que coloquen los incentivos correctos para que esa colaboración natural florezca.
Este rediseño no es solo moral; es profundamente económico. Dani Rodrik, uno de los economistas más lúcidos de nuestro tiempo, está reflexionando sobre cómo estructurar una nueva economía que fortalezca a las clases medias, destierre la pobreza y salve el medio ambiente. Rodrik ha analizado históricamente el rol de la manufactura como el motor del crecimiento y el ancla de estabilidad para los trabajadores. No obstante, al ser estos empleos cada vez menos viables debido a la automatización, Rodrik identifica en el sector servicios y en la transición hacia las energías limpias la nueva veta para ensanchar a la clase media. No es un tema menor: una clase media robusta es pilar de la libertad y la democracia, una verdad que Aristóteles ya advertía hace más de 2,300 años.
Frente a este panorama, Querétaro y el mundo no solo necesitan discusiones técnicas o macroeconómicas; urge fortalecer las conversaciones más profundas, aquellas que están detrás de las preguntas trascendentes: ¿cuál es el sentido de la vida? ¿cuál es nuestro propósito?
Estamos ante la coyuntura ideal para cuestionar nuestro sistema de valores y alinearlo hacia una visión más humana. Al hacerlo, además, quitaremos una presión asfixiante sobre las generaciones más jóvenes, que hoy parecen más confundidas y ansiosas que nunca. Es el momento de redefinir lo que entendemos por "éxito", un concepto que la modernidad encadenó erróneamente a la acumulación económica, el estatus y el hiperdesempeño profesional.
El verdadero éxito, el que nos exige este nuevo orden, debe transitar hacia la construcción de una buena vida: una donde las necesidades básicas estén plenamente satisfechas, gocemos de salud, cultivemos el amor a través de relaciones sanas y fuertes, y mantengamos siempre un profundo sentido de trascendencia comunitaria. El mundo cambia, es verdad, pero la dirección de ese cambio sigue estando en nuestras manos.
























