Qué tipo más simpático, qué hombre tan completo, qué buen amigo y excelente persona es Manel Pujol. La vida nos regaló muchos momentos con este gran artista de la plástica iberoamericana, que ha sabido extraer el jugo de los frutos de su huerto particular, quiero decir que no desperdicia ocasión para tirar sus hilos y tejer redes de amigos. Cuenta anécdotas muy ricas y las comparte en cada reunión; los amigos disfrutamos de su conversación llena de giros que provocan las risas más auténticas, que vienen desde lo profundo y, por un instante, nos devuelven la juventud.

En el año 2000, tuve la fortuna de gestionar una exposición suya, que me dio la oportunidad de visitar su estudio para hacer juntos una curaduría de sus obras. Pujol conoce cada cuadro suyo al detalle. Sabe crear los diálogos, el ritmo y la fuerza necesarios para crear un guion museográfico tan bien logrado, que crea una narrativa visual emotiva para cada espectador, al mismo tiempo que plantea las preguntas vitales, a través de su técnica abstracta.

Aprendió a pintar con los maestros: Pablo Picasso, Joan Miró y, sobre todo, Salvador Dalí, con quien trabajó largos años, participando en la factura de varias piezas firmadas por el genio, que hoy se encuentran en museos del mundo.

Pujol nació en Vic, Cataluña, en 1947. Era muy jovencito cuando su mente se llenó de literatura escrita por los poetas y narradores de la Generación del 27, como Rafael Alberti y Vicente Aleixandre. Sabe apreciar la mejor música de todas las épocas, desde el Renacimiento hasta el siglo XXI. Ha convertido en pintura los movimientos de sus piezas favoritas, como la Rapsodia en azul, de George Gershwin. En homenaje a Johnny Cash, realizó una instalación llevado por la admiración hacia este músico que destrozó su guitarra en el escenario como protesta por la desigualdad racial en los Estados Unidos.

Dice de su estilo: “He pasado del arte figurativo traducido en surrealismo, más tarde por el realismo mágico, y poco a poco evolucionando en la búsqueda de mi ser interior”.

Pujol ha sabido trasladar la composición de sus cuadros a la armonía de los colores de una paella, donde coloca rojos camarones, redondos caparazones de almejas, óvalos de mejillones, tiras de pimiento y chícharos verdes, entre trozos de carne al punto exacto. Mientras cocina, cuenta historias fascinantes. Luego, disfruta la tarde a sorbos de tinto y recuerdos de España, cuentos de muchos países y atisbos a su intensa vida.

Con nuestro museo fue muy generoso. Donó una pieza y participó como juez en concursos de pintura.

Miguel de la Cruz escribió: “Abrevar del arte desde edad temprana, rompe la posibilidad de visualizar límites. Manel Pujol Baladas lo confirma con su labor pictórica. El vuelo emprendido por el pintor y sus colores hace confiar en su guía para aceptar la elevación a las alturas impensables, tan sólo por mirar, sólo mirar sin despegar nunca los pies de la tierra”.

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