En lo individual y en lo colectivo, las relaciones humanas importan. No es ningún secreto que la calidad de los vínculos entre las personas y las instituciones es el cimiento de la confianza; y donde hay confianza, llegar a acuerdos es siempre más sencillo. Por ello, aprender a identificar, ordenar y cuidar de manera estratégica nuestras relaciones no es un asunto menor. Es un ejercicio útil para la vida personal, pero se vuelve una necesidad crítica cuando hablamos de la empresa privada y del sector público.

En la teoría de la administración estratégica existe un concepto que ha cobrado gran relevancia en los últimos años: las “partes interesadas” o stakeholders. Se refiere a toda aquella persona, grupo o entidad que tiene un interés legítimo en lo que hacemos, o que se ve impactado por nuestras decisiones. Sin embargo, dentro de las organizaciones y de los propios gobiernos, todavía se habla poco de la verdadera joya de la corona en esta materia: la gobernanza de los stakeholders.

Lejos de ser un accesorio o un lujo de la administración, esta gobernanza es un pilar fundamental. Plantea una pregunta central que tanto directores generales como gobernantes deben hacerse todos los días: ¿Cómo le agregamos valor a cada actor que tiene interés en que a nuestra firma o a nuestro gobierno le vaya bien?

Tanto en la empresa como en el gobierno, los stakeholders se mueven en dos dimensiones. Por un lado están los internos. Los propios colaboradores y servidores públicos son los primeros interesados en el éxito del barco. Cabe preguntarse entonces: ¿cuál es la relación real de la alta gerencia con cada empleado?, ¿se está haciendo lo necesario para alinear sus intereses con los de la organización? Por el otro lado están los externos: los proveedores, los clientes que consumen un producto y, por supuesto, los ciudadanos que reciben y evalúan los servicios públicos.

Pero el mapa no termina ahí. Hoy en día, las partes interesadas abarcan también sectores que se ven impactados, positiva o negativamente, por las decisiones del gobierno o la empresa. Pensemos, por ejemplo, en la comunidad aledaña a una nueva planta industrial que transforma por completo la dinámica social y ambiental de su zona. O pensemos en los ciudadanos que experimentan los pros y contras del acelerado crecimiento urbano de nuestras ciudades.

Los gobiernos y las empresas ya no son entes aislados. Nunca lo han sido, pero hoy la realidad nos exige ser plenamente conscientes de que operamos inmersos en una red viva de interacciones integrales. Formamos parte de un ecosistema donde participan múltiples actores con intereses que muchas veces no son idénticos, pero sí complementarios. Hoy los stakeholders son más visibles, tiene más información, se comunican más e influyen más.

De ahí la urgencia de identificar con precisión las tensiones y los compromisos que tenemos con cada grupo. De una correcta gestión de estas expectativas depende que un gran proyecto de infraestructura o una estrategia de negocio se ejecuten con éxito o se queden atrapados en el archivo del rechazo social.

La gobernanza estratégica de los stakeholders es una corriente que está transformando la academia y la práctica directiva. Hoy se trata de resolver: cómo medir, diagnosticar y dar seguimiento a las relaciones institucionales que antes se gestionaban – se siguen gestionando- a ciegas o por intuición. Hoy, gracias al uso de las nuevas tecnologías y plataformas de datos, es posible sistematizar este conocimiento y darle seguimiento.

Es verdad que los intereses de las partes interesadas son amplios, complejos y sumamente cambiantes, pero precisamente ahí radica el reto de liderar en el siglo XXI. De una lectura inteligente de la información, de un diagnóstico oportuno y de la capacidad para generar las conversaciones y acuerdos adecuados, depende el éxito del futuro común.

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