El saludo
Querida “República”: hay decisiones que sacuden “La Cosa Pública”. Alteran la conversación, las agendas mediáticas, las narrativas oficialistas y, sobre todo, los cálculos políticos.
El mensaje
La “personalísima decisión” del gobernador de Sinaloa con licencia, Rubén Rocha Moya, de volver al cargo el pasado viernes 21 de agosto fue mucho más que polémica: fue una afrenta.
Su regreso ocurrió en un momento particularmente delicado:
Apenas una semana después de que uno de los hijos del expresidente López Obrador hiciera pública una carta al presidente Trump por la cancelación de su visa y denunciara “injerencismo”.
Días después de que el director de la DEA calificara como “socio de confianza” y “buen amigo de Estados Unidos” a Omar García Harfuch. Un día después de la detención de Fausto Corrales, testigo clave en las investigaciones sobre el asesinato de Melesio Cuén y el secuestro de Ismael Zambada. Y el mismo día en que la presidenta Sheinbaum se ausentó de su conferencia mañanera por una infección de garganta.
Su reinstalación fue objeto de distintas interpretaciones. Pero, en términos políticos y de percepción, fue difícil no verla como un error y como una afrenta.
Porque desde el propio “oficialismo”, y en voz del coordinador parlamentario de Morena en el Congreso de la Unión, se reconoció que el Estado “ni autorizó, ni permitió, ni tampoco estaba enterado” de esta decisión personalísima. Es decir, Rocha decidió regresar sin consultar siquiera a la presidenta Sheinbaum.
Porque su regreso ocurrió mientras aún pesa sobre él una acusación formal del Distrito Sur de Nueva York, por delitos relacionados con narcotráfico; es decir, desafió a la justicia norteamericana y añadió, con ello, todavía más desconfianza a la relación bilateral.
Porque volver al poder, recuperar el fuero y declararse víctima de una “patraña de la ultraderecha nacional y extranjera” fue un agravio para una sociedad sinaloense que lleva años viviendo entre la inseguridad, el miedo y la impunidad.
Con una autoridad moral y política desgastadas, con una oleada de críticas y una fractura interna evidente, para el “oficialismo” todo se redujo a tres palabras: control de daños.
Tan solo treinta y cuatro horas después, el pasado sábado 22 de agosto, Rocha Moya volvió a pedir licencia de forma indefinida. Ahora la pregunta es: ¿las instituciones mexicanas le fincarán responsabilidades?
La despedida
Querida República: cuando el poder decide que no tiene que rendir cuentas, la afrenta deja de ser una excepción.
La firma
Tu amigo: “El Discursero”.
P.D. En espera de una próxima carta, deshazte del sobre amarillo.
























