Cuando la agente de bienes raíces nos mostró el departamento, Eduardo y yo supimos que habíamos llegado. Era una preciosa casa de madera, estilo victoriano, en la calle Garfield, dentro del mapa de la Universidad de Harvard. Por su valor histórico, el barrio se ha declarado patrimonio cultural de la zona metropolitana de Boston.
Para firmar el contrato de renta, la dueña nos exigió quitarnos los zapatos y dejar los paraguas en el porche. La sala, amueblada y decorada como para fotografías de revista, tenía piso de duela en perfecto estado y alfombras de color claro. Todo en su lugar. Nada extraño, salvo que en esta familia había quince niños, todos menores de diez años. La madre manejaba una van con dieciséis asientos. Al caer la tarde, llegaban de la escuela. Bajaban a la lavandería corriendo, llenaban el aire de risas y gritos, cada uno dejaba sus botas para nieve bajo un letrero con su nombre, colgaban gorras y abrigos, se desvestían siguiendo un régimen: un montón de ropa interior, otro de pantalones y camisas. Subían la escalera desnudos, listos para baño, pijama y cena.
La madre era de origen italiano, cuerpo grande, piel blanca y voz autoritaria. El padre era alto, piel negra, con fuerza y disposición para trabajar. Se casaron desafiando reglas sociales, tuvieron un hijo propio, y en seguida se dieron cuenta de una realidad terrible, escondida tras las aulas universitarias, museos y parques: entre los niños que esperaban ser adoptados, abundaban los birraciales.
En aquel tiempo, por ley del estado de Massachusetts, las parejas que deseaban adoptar bebés solo podían recibir pequeños de su raza. No había posibilidad para una pareja blanca de formar una familia con seres humanos de genética distinta.
Niños abandonados por sus familias, bebés cuyas madres estaban enganchadas en la droga, o cuyos padres estaban muertos, en la guerra o en prisión. Expósitos, huérfanos, solos contra el mundo, incapaces de sobrevivir por sí solos. Sin abuelos, carentes de una familia, hijos de nadie. Niños víctimas de abusos, como los que dieron vida a la gran literatura de Dickens y Víctor Hugo.
Nuestros caseros, familia birracial, tuvieron la oportunidad de adoptar a los que no podían ser adoptados por otros. Y así, recibieron a niños solos y grupos de hermanos: dos, tres, cuatro a la vez. Niños con piel color chocolate, rizos castaños, ojos de miel y rasgos europeos. A todos les dieron amor, casa, familia, educación, vestido, libros, artes y juegos. Con disciplina militar, Judy dirigía su tropa. Más adelante, fundó una agencia de adopción y su historia personal dio giros que no vienen al caso.
Quiero pensar que aquellos vecinitos estudiaron en las grandes universidades y viajaron por el mundo. En el 2026, tienen cerca de cincuenta años. En mi mente, alcanzaron metas y formaron familias, con hijos del dulce color de una barra de chocolate.
























