Porque la vida lleva música en la sangre, porque hacemos viajes tarareando el ritmo de una canción, porque hay estrofas que narran cambios en el itinerario, porque comprendemos mejor nuestros sentimientos cuando los describe la letra de un corrido mexicano.
Tuve un abuelo, don Wulfrano Martínez, que me amó con dulzura desde que nací. Fui su primera nieta y cuando tenía pocos años pasé horas a su lado, cobijada con una esquina de su sarape, comiendo cacahuates cuya cáscara él iba quitando para darme la semilla. Así funcionan los viejos de la familia: cuando somos mayores, le quitamos la rudeza a las experiencias para darle a los pequeños el fruto ya limpio, delicioso y suave.
Dirigía el Museo de Arte de Querétaro cuando recibí la invitación que me hizo Mary Docter, amiga queridísima, para enseñar en Westmont College, de Santa Bárbara, California. Sus estudiantes pasan el otoño en mi ciudad. Yo les había dado clases de español como segunda lengua y literatura hispanoamericana, de ahí surgió esta oportunidad, que analicé con mi marido en pláticas de muchas horas.
Decididos a cambiar de casa, ciudad y país, cerramos círculos. Nuestros hijos estudiarían high school en una institución de excelencia. Con esa expectativa, hicimos ventas de garaje y vendimos o regalamos muebles, electrodomésticos y computadoras. Eduardo realizó los trámites para dar de baja su empresa editorial. Empacamos los libros de la biblioteca en cajas rotuladas, contratamos una bodega para poner a salvo lo más valioso. Nos despedimos de los amigos y la familia. Compramos una camioneta nueva, iniciamos el camino.
Pasamos las fiestas de Navidad en Guadalajara, en casa de mi suegra y mis cuñadas. Una mañana salimos hacia el Norte, como el caballo blanco del corrido de José Alfredo Jiménez. Cuenta la leyenda que en 1957, con una caravana de artistas, el compositor hizo un viaje en un automóvil blanco marca Chrysler, desde Guadalajara hasta Ensenada, Baja California. Aquel vehículo fue sometido a duras pruebas. Hubo un momento en que el radiador se sobrecalentó y soltaba agua a borbotones. En la canción, el corcel lleva el hocico sangrando. En otro punto del viaje, cojeaba de la pata izquierda. En la realidad, se le pinchó un neumático. El coche siguió adelante, como un animal mecánico puesto a prueba, decidido a alcanzar la meta propuesta.
Eduardo y yo, con nuestros hijos adolescentes, manejamos por las carreteras que bordean el Pacífico: nos detuvimos a descansar en Puerto Vallarta, Mazatlán y Guaymas, donde mi marido se graduó, en un campus del Tec de Monterrey que ofrecía estudios relacionados con la biología marina.
De ahí enfilamos hacia Nogales, Sonora. Llegamos a la línea divisoria y pasamos a Nogales, Arizona. Nuestra siguiente parada fue Sedona, bellísima ciudad donde nos esperaban amigos para celebrar el año nuevo.
La voz de mi abuelo, amable y sabia, resonaba en mis oídos. El corrido del caballo blanco nos acompañó en el camino hacia el Norte.
























