Ganar con el 50% no es una victoria a medias. Es la advertencia más clara que una democracia puede producir: la mitad de quienes votaron quería otra cosa.
En Perú, con el 100% de actas contabilizadas, Keiko Fujimori obtuvo 50.13% de los votos frente al 49.86% de Roberto Sánchez (cerca de 50,000 sufragios de diferencia sobre más de 18 millones emitidos). En Colombia, Abelardo de la Espriella ganó con 49.66% contra 48.70% de Iván Cepeda, con una distancia de alrededor de 250,000 votos. En ambos casos, el ganador llega al poder con la mitad del país mirándolo con desconfianza. El instinto más extendido es leer eso como crisis: sociedades rotas, polarización irreparable. Ese diagnóstico está incompleto.
Una elección que termina 50-50 produce un ganador con un límite permanente a la vista. Obliga a negociar, a ceder, a gobernar con la certeza de que cualquier exceso tiene un costo electoral inmediato. El peligro democrático real no aparece cuando nadie arrasa; aparece cuando alguien lo hace.
México en 2024 ilustra el argumento desde el extremo opuesto: Claudia Sheinbaum ganó con 59.35% de los votos, una mayoría que Morena interpretó como mandato para rediseñar la Constitución a fondo, sin oposición con fuerza para frenarlo. Cuando el margen de victoria es suficientemente amplio, la noción de que el poder requiere contención desaparece de la conversación.
El empate, en cambio, produce algo más valioso para la salud institucional, aunque más incómodo para los protagonistas: la obligación de coexistir. Fujimori no puede gobernar como si Sánchez no existiera. De la Espriella no puede desmontar todo lo que hizo Petro si quiere sobrevivir electoralmente. La mitad del electorado que perdió no desaparece el día después; sigue ahí, organizada, con representación legislativa, con capacidad de bloqueo.
El síntoma preocupante está en cómo los perdedores lo procesaron. Petro sugirió anular la elección por injerencia extranjera, con la Registraduría reportando 99.97% de correspondencia entre preconteo y resultado oficial. Sánchez denunció irregularidades en el voto del exterior. Ambos reflejan el mismo patrón: convertir la derrota legítima en fraude para no reconocer que la mitad del país votó en tu contra y tenía el mismo derecho de hacerlo que la otra mitad.
Ahí está la verdadera grieta. No en que las sociedades estén divididas, lo han estado siempre, sino en que los actores políticos han perdido la capacidad de procesar la derrota sin deslegitimar el proceso. El empate es una señal de salud democrática cuando ambos bandos lo aceptan. Cuando uno lo impugna, el problema es que, para ese actor, el resultado válido solo puede ser uno.
México debería leer eso con atención. Un sistema donde la victoria aplastante se vuelve la norma y la oposición resulta insuficiente para funcionar como contrapeso no es más estable. Es más cómodo para quien gobierna. Eso es distinto.
X: @maeggleton
























