Junio suele estar lleno de fotografías de padres orgullosos, abrazos, comidas familiares y mensajes de agradecimiento, sin embargo, detrás de esa celebración existe una realidad mas amplia y silenciosa.
Muchas personas sobreviven a sus padres, otros, crecen sin ellos, algunos tantos los añoran, otros dan gracias a Dios que ya o están con ellos y otros mas siempre quisimos uno.
Cuando una persona crece sin un padre la vida es distinta, te vuelves un sobreviviente de tu propia existencia y eres sin mas el dador de la fuerza vital que el padre debe proporcionar en el acompañamiento de la vida.
La experiencia de un padre no puede resumirse solo en una fecha de calendario. Para algunos representa protección, guía y refugio. Para otros fue abandono, violencia, indiferencia o un vacío imposible de nombrar.
Cuando una persona crece sin un padre, la vida siete recorrerse de manera distinta. Muy temprano aprende a sobrevivir. Se convierten muchas veces sin darse cuente que quien darse a así mismo la fuerza, seguridad y la confianza que normalmente un padre ayuda a construir.
Es como caminar durante años sosteniendo con una sola pierna, aprendiendo el equilibrio a fuerzas de caídas.
No se trata solamente del hombre que aporta a la vida biológica, sino de quien acompaña, pone limites con amor, inspira valentía, enseña a enfrentar el mundo transmite la sensación de que pase lo que pase, existe un lugar seguro al cual volver.
Cuando esa persona falta, tambien se extraña la sensación de sentirse protegidos, muchas veces esas ausencia se traducen en miedo al abandono, dificultad para confiar, necesidad constante de aprobación o una exigencia desmedida hacia uno mismo. Otras personas intentan llenar ese vacío buscando figuras de autoridad, parejas o maestros que ocupen un lugar que nunca pudo consolidarse en la infancia.
Pero tambien existe una verdad esperanzadora: no estamos condenados a repetir la historia.
Con el tiempo es posible construir un padre interior. Esa voz que nos anima cuando creemos que no podemos, que pone limites ante la vida y los demás cuando hace falta, el que constantemente nos recuerda cual es nuestro valor en la vida, aprendemos a sostenernos nosotros mismos. No reemplazamos lo que no tuvimos, pero si nos podemos proporcionar aquello que no tuvimos sanando esa herida.
Quizá esa sea una de las tareas más profundas de la vida adulta: dejar de esperar que alguien venga a darnos aquello que faltó y comenzar, poco a poco, a ofrecérnoslo nosotros mismos.
También es importante reconocer que ningún padre es perfecto. Muchos hicieron lo mejor que pudieron con las herramientas emocionales que tenían. Otros, lamentablemente, eligieron la ausencia o ejercieron violencia. Comprender la historia de nuestros padres no significa justificar el daño, pero sí puede ayudarnos a dejar de cargar con una culpa que nunca nos perteneció.
En este mes del padre vale la pena celebrar a quienes estuvieron, honrar a quienes lo intentaron y acompañar con respeto a quienes viven este día desde la ausencia, el dolor o la nostalgia.
Porque ser padre no siempre es un vínculo biológico. A veces un abuelo, un maestro, un tío, un padrastro o incluso una persona que apareció en el momento justo puede sembrar esa confianza que cambia una vida.
Y si nunca existió esa figura, recuerda esto: la historia no termina en la infancia. Cada decisión consciente, cada límite sano, cada acto de amor propio y cada paso hacia la sanación son también una forma de convertirte en el padre o la madre que siempre necesitaste.
Quizá el mejor homenaje que podemos hacerle a nuestra historia no sea repetirla, sino transformarla.
























