Ayer fui a ver Obsession, la película de Curry Barker. Entré a la sala esperando encontrar una historia de terror sobrenatural y salí pensando en algo muy distinto. Más que una película sobre maldiciones o fuerzas oscuras, encontré una historia sobre la obsesión humana y sobre la incapacidad de aceptar que las personas no siempre corresponden nuestros deseos.

La trama gira alrededor de Bear y Nikki, dos amigos que se conocen desde la infancia. Bear ha estado enamorado de ella durante años. Lo que comienza como un amor no correspondido toma un rumbo inquietante cuando aparece un elemento sobrenatural que le ofrece la posibilidad de obtener aquello que más desea. A partir de ese momento la historia se convierte en una reflexión incómoda sobre los límites entre el amor, el deseo, la necesidad y el control.

Lo interesante de Obsession es que el verdadero horror no proviene de los elementos fantásticos. Proviene de algo mucho más cercano y reconocible. Todos hemos conocido a alguien incapaz de aceptar un rechazo. Todos hemos escuchado historias de relaciones donde una de las personas confunde cariño con pertenencia. Todos hemos visto cómo algunas personas convierten el amor en una exigencia y la cercanía en una obligación.

La película me hizo pensar en la forma en que el cine ha explorado este tema durante décadas. En 1958, Alfred Hitchcock presentó Vertigo, una de las películas más inquietantes sobre la obsesión romántica. Su protagonista no se enamora realmente de una mujer, sino de la imagen que construye de ella. Décadas después, Fatal Attraction (1987), de Adrian Lyne, mostró cómo una relación ocasional podía transformarse en una espiral de persecución y violencia. En Misery (1990), dirigida por Rob Reiner, la admiración de una fan se convierte en cautiverio y tortura. Más recientemente, la serie You ha retratado cómo el acoso puede disfrazarse de romanticismo cuando se observa desde la perspectiva de quien lo ejerce.

Aunque las historias son distintas, todas comparten una característica: alguien deja de relacionarse con una persona real y comienza a relacionarse con una fantasía.

Desde la psicología, las obsesiones amorosas suelen tener raíces complejas. En muchos casos aparecen asociadas a estilos de apego ansioso desarrollados durante la infancia. Personas que crecieron con vínculos inconsistentes pueden desarrollar un temor intenso al abandono y una necesidad constante de validación. También intervienen factores como la baja autoestima, la soledad emocional y la idealización.

La idealización es particularmente interesante. Cuando alguien se obsesiona, muchas veces deja de ver a la persona que tiene enfrente. En lugar de eso construye una versión imaginaria de ella. La persona real desaparece detrás de una proyección. Ya no importa quién es realmente, qué piensa o qué desea. Lo único importante es el papel que desempeña dentro de la fantasía del obsesionado.

También me hizo pensar en la forma en que nuestra cultura ha romantizado ciertas conductas. Durante décadas el cine, la literatura y la música han presentado la insistencia como una prueba de amor. El personaje que no se rinde, que persigue, que espera eternamente o que sacrifica todo por una persona suele ser retratado como un héroe romántico.

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