Hay quienes creen que la resiliencia aparece un día, como si fuera un don reservado para unos cuantos. Yo ya no lo veo así. Después de los años, de las pérdidas, de los duelos, de las despedidas, de los fracasos y de las veces que he tenido que empezar de nuevo, comprendí que la resiliencia no es un talento: es una forma de vivir.

No nací siendo resiliente. La vida me fue enseñando, a veces con una ternura inesperada y otras con una dureza que jamás hubiera elegido. He perdido personas que amaba profundamente, he visto proyectos derrumbarse, he sentido miedo, incertidumbre y soledad. También he conocido la culpa, el cansancio y ese silencio que llega cuando parece que todo perdió sentido.

La resiliencia no consiste en no llorar. Tampoco significa ser fuerte todo el tiempo. Es, más bien, la capacidad de seguir caminando aun cuando las piernas tiemblan; de volver a confiar cuando alguien nos decepcionó; de seguir amando la vida aun después de haber conocido el dolor. Y asi con el tiempo me volví una Maestra.

Con los años fui construyendo un pequeño abecedario personal que me recuerda cómo regresar a mí misma cuando siento que todo se desordena.

A: Aceptar. La realidad no cambia porque la neguemos. El primer paso siempre ha sido aceptar lo que está ocurriendo. No con resignación, sino con honestidad. Cuando dejo de pelear con aquello que ya sucedió, recupero la energía para transformar lo que todavía está en mis manos.

B: Buscar sentido. Durante mucho tiempo pregunté: "¿Por qué me pasó esto?". Hoy intento hacer una pregunta distinta: "¿Para qué puede servirme esta experiencia?". No siempre encuentro la respuesta de inmediato, pero esa pregunta abre una puerta donde antes solo había sufrimiento.

C: Confiar y continuar. Confiar en que las heridas también cicatrizan. Confiar en que pedir ayuda no me hace débil. Confiar en que ningún invierno dura para siempre. Y, sobre todo, continuar. A veces dando pasos enormes; otras veces apenas respirando. Pero continuar.

La resiliencia también se cultiva en las pequeñas acciones de todos los días: cuidar nuestro cuerpo, hablar con amabilidad de nosotros mismos, rodearnos de personas que nos hagan bien, permitirnos descansar, aprender algo nuevo, agradecer lo que permanece y aceptar que no necesitamos tener el control absoluto de la vida.

Como terapeuta he tenido el privilegio de acompañar a personas que pensaban que jamás volverían a sonreír. Y, una y otra vez, he sido testigo de algo profundamente humano: existe una fuerza silenciosa que aparece cuando dejamos de sobrevivir y empezamos a vivir con propósito.

Hoy sigo teniendo días difíciles. La resiliencia no elimina el dolor; simplemente evita que el dolor tenga la última palabra.

Quizá eso sea vivir con resiliencia: comprender que la vida no nos promete ausencia de tormentas, pero sí la posibilidad de convertirnos en mejores navegantes. Y cuando miro hacia atrás, descubro que no fueron los momentos fáciles los que definieron quién soy, sino la decisión de levantarme una vez más, incluso cuando nadie más sabía el esfuerzo que implicaba hacerlo.

Porque, al final, la resiliencia no cambia el pasado. Nos cambia a nosotros. Y cuando nosotros cambiamos, también cambia la manera en que abrazamos el futuro.

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