Durante años, el automóvil particular fue tratado como la respuesta natural al desarrollo urbano, pero hoy ese modelo muestra sus límites. Cada embotellamiento no solo representa minutos perdidos; también significa cansancio, estrés, contaminación, gasto familiar y menor tiempo para convivir, estudiar, descansar o trabajar con tranquilidad.

En una ciudad donde las distancias se alargan y los traslados se vuelven impredecibles, la calidad de vida se deteriora de manera cotidiana. El problema no es únicamente que haya muchos autos, sino que para demasiadas personas no existen más alternativas.

El transporte público todavía no logra competir plenamente con el vehículo privado. Aunque se han hecho esfuerzos por reorganizar rutas y mejorar el servicio, muchas personas siguen enfrentando esperas largas, transbordos incómodos, saturación y poca cobertura en zonas de crecimiento acelerado. Para quien vive lejos de su empleo o escuela, depender del camión puede significar salir mucho antes, llegar tarde o perder oportunidades. A esto se suma que caminar o usar bicicleta continúa siendo difícil en numerosos puntos: banquetas incompletas, cruces inseguros, falta de sombra, ciclovías desconectadas y avenidas diseñadas para mover coches antes que personas.

Esta carencia de alternativas también profundiza la desigualdad urbana. Quien tiene automóvil puede elegir rutas, horarios y cierta comodidad, aunque pague gasolina, mantenimiento, estacionamiento y desgaste. En cambio, quien depende del transporte público, de caminar o de pedir aventones queda expuesto a una ciudad menos flexible: si una ruta falla, si una avenida se cierra o si el viaje se vuelve inseguro, no hay muchas opciones para resolverlo.

El impacto de la movilidad deficiente se acumula en la salud física y mental. Pasar una o dos horas diarias en tráfico no es una molestia menor: implica exposición a ruido, emisiones contaminantes, sedentarismo y tensión constante. Para muchas familias, el traslado se vuelve una extensión no pagada de la jornada laboral. Ese tiempo perdido podría destinarse al descanso, al cuidado de hijos o personas mayores, al estudio, al ejercicio o a la participación comunitaria.

Ahora, con las obras del tren México-Querétaro esa situación se agudizará. A largo plazo, un sistema ferroviario puede ser positivo si reduce viajes por carretera y ofrece una opción interurbana eficiente; sin embargo, su construcción ya implica afectaciones severas en puntos estratégicos como Bernardo Quintana, Corregidora Norte y zonas cercanas a fraccionamientos, escuelas, comercios y rutas de transporte.

Autoridades han advertido cierres parciales, desvíos, auxiliares viales y planes de contingencia, lo que confirma que el impacto no será menor. En el corto plazo, miles de personas enfrentarán más tráfico, cambios de ruta, incertidumbre y pérdida de tiempo. Si la respuesta se limita a pedir paciencia y usar aplicaciones de navegación, el costo real volverá a recaer en la ciudadanía.

Ante estos desafíos, Querétaro necesita entender que la movilidad es un derecho y no un privilegio. La pregunta es ¿Qué opciones han realizado las autoridades para atender este reto?

Las obras actuales deben aprovecharse para acelerar una transformación profunda: transporte público prioritario, rutas temporales bien comunicadas, carriles exclusivos, banquetas seguras, ciclovías continuas, horarios confiables y coordinación real entre municipio, estado y federación. De lo contrario, el tren podrá prometer modernidad, pero la vida diaria de la población seguirá marcada por el tráfico, embotellamientos y traslados agotadores.

Porque una ciudad competitiva no es la que permite circular más autos, sino la que permite que más personas lleguen a tiempo, con seguridad y calidad.

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