Caminamos por las salas convencidos de que estamos frente a “la historia del arte”. Observamos las obras, leemos las cédulas y aceptamos, casi sin notarlo, que aquello que cuelga de las paredes representa lo mejor, lo más importante o lo más trascendente que la humanidad ha sido capaz de crear. Rara vez nos detenemos a pensar que un museo también cuenta una historia. Y como toda historia, ha sido escrita por alguien.
Quizá, antes de preguntarnos qué obras estamos viendo, deberíamos preguntarnos quién decidió que fueran precisamente esas. Esa fue una de las preguntas más incómodas que planteó Carla Lonzi. Historiadora y crítica de arte italiana, comenzó su trayectoria dentro de las instituciones culturales, sin embargo, mientras más conocía sus mecanismos, más evidente le resultaba que aquello que llamábamos “historia del arte” no era un relato neutral, sino una construcción atravesada por relaciones de poder. Porque la autoridad nunca es invisible.
Durante siglos aprendimos a mirar el arte a través de una voz que se presentó como objetiva, universal y desinteresada. Sin embargo, esa voz tenía un rostro, una formación, un contexto y una posición desde donde hablaba. Los libros, los museos, las academias y la crítica no solo describían las obras: también decidían cuáles merecían permanecer en la memoria y cuáles podían desaparecer sin dejar rastro.
Pensamos que el canon simplemente existe. Pero el canon también fue elegido. La pregunta de Lonzi no consistía únicamente en señalar la ausencia de mujeres artistas. Su cuestionamiento era mucho más profundo. ¿Quién posee la autoridad para decidir qué merece ser recordado? ¿Quién define qué es una obra importante? ¿Quién establece los criterios con los que medimos el valor artístico?
De pronto comprendemos que el silencio también se construye. No porque ciertas personas no hayan creado, sino porque hubo sistemas enteros dedicados a decidir qué formas de creación eran dignas de ser nombradas y cuáles permanecerían en los márgenes. Mientras celebrábamos la figura del genio individual, otras maneras de producir conocimiento quedaban relegadas: los oficios transmitidos de generación en generación, los textiles, las prácticas comunitarias, la memoria oral, los saberes domésticos, los lenguajes considerados menores, las experiencias de tantas mujeres cuya creatividad nunca encontró un lugar dentro del relato oficial.
La historia del arte, entonces, deja de ser únicamente una colección de obras extraordinarias para convertirse también en una colección de ausencias. Quizá por eso uno de los gestos más radicales de Lonzi fue abandonar la posición tradicional del crítico. En lugar de hablar por los artistas, decidió escucharlos. Renunció a la idea de que el conocimiento debía descender desde una autoridad única y abrió espacio para que las voces dialogaran sin ser traducidas por una interpretación dominante. Parecía un cambio pequeño. En realidad, transformaba por completo la pregunta sobre quién tiene derecho a producir conocimiento.
Más de medio siglo después, sus inquietudes siguen vigentes, aunque los escenarios hayan cambiado. Ya no son únicamente los críticos o los historiadores quienes determinan qué vemos. También lo hacen los museos, las galerías, las editoriales, los mercados culturales y, cada vez con mayor fuerza, los algoritmos que seleccionan las imágenes que aparecen frente a nuestros ojos. Seguimos creyendo que observamos el mundo libremente, cuando muchas veces alguien ya decidió qué aparecería primero y qué permanecería oculto.
Tal vez la mayor enseñanza de Carla Lonzi no sea desconfiar de los museos, sino aprender a recorrerlos con nuevas preguntas. Mirar una obra no consiste únicamente en contemplarla, sino también en preguntarse por las condiciones que hicieron posible su presencia y por todas aquellas otras que nunca llegaron hasta ese muro. Porque cada cuadro expuesto ilumina una historia, pero también proyecta una sombra.
Y quizá la verdadera tarea de nuestra mirada no sea conformarse con admirar lo que fue conservado, sino desarrollar la sensibilidad suficiente para reconocer todo aquello que, durante demasiado tiempo, alguien decidió que no valía la pena mirar.
























