Con la llegada de la era digital hemos incorporado muchos nuevos términos a nuestro vocabulario. Para algunos sectores de la sociedad, a palabras como hashtag, postear o selfie se ha sumado manosfera.

La manosfera se define como un entorno hostil hacia las mujeres y las niñas, conformado por comunidades digitales que se articulan alrededor del rechazo al ejercicio de los derechos de las mujeres. Ahí se amplifican estereotipos sexistas, discursos despectivos y dañinos sobre la igualdad de género y la violencia contra las mujeres y las personas LGBTI+.

Como feminista, la manosfera me preocupa porque en lugar de abrir espacios a los hombres para hablar de ansiedad, soledad o miedo al futuro, la manosfera ofrece una salida fácil: culpar a las mujeres, ridiculizar la vulnerabilidad y refugiarse en una supuesta “recuperación” de la masculinidad. Frente a la crisis de salud mental que atraviesan tantos hombres, esa propuesta parece atractiva, pero termina siendo una trampa.

Figuras como los hermanos Tate o el Temach ofrecen una visión distorsionada de la masculinidad y una fórmula fácil para alcanzar amor, sexo y dinero: imitar al ganador hipersexual, millonario, sin vínculos afectivos profundos, que descarga su frustración en conductas de control, humillación y violencia hacia las mujeres. Lo que no dicen es el costo psicológico de sostener ese ideal imposible. En vez de ayudar a entender y nombrar la ansiedad o la depresión, la manosfera insiste en que la tristeza es flojera, que pedir ayuda es de débiles y que la empatía pone a los hombres en desventaja.

Estos discursos se disfrazan de “superación personal” para reforzar el mandato patriarcal y el silencio cómplice frente a conductas machistas y misóginas. El resultado es un sufrimiento silencioso y agresivo que obliga a reprimir la tristeza, la ternura y la desesperanza, alimenta el resentimiento hacia las mujeres y puede empujar a algunos hombres al suicidio.

La manosfera presenta a las mujeres como enemigas naturales, manipuladoras y objetos a poseer cuyo valor se mide por su apariencia y sumisión, mientras que el valor de un hombre se mide por el poder que ejerce sobre ellas. Para muchos, acercarse a una mujer deja de ser un espacio de encuentro y cuidado mutuo para convertirse en un campo de batalla.

Pero la manosfera también daña profundamente los vínculos entre hombres. Los sumerge en una competencia permanente donde hablar de miedo o dolor es imposible. Cuanto más solos se sienten, más se refugian en contenidos que desprecian lo vulnerable y, al hacerlo, se aíslan todavía más.

Reflexionar críticamente sobre la manosfera revela el costo oculto: la imposibilidad de ser humanos completos; el odio permanente contra las mujeres, otros hombres y contra sí mismos y la perdida de la dignidad.

Imaginar masculinidades donde los hombres puedan nombrar su dolor, pedir ayuda y cuidar y dejarse cuidar no los haría menos hombres. Los haría, por fin, un poco más libres.

Maricruz Ocampo

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