Estos días me han arrebatado a dos personas que, sin saberlo cambiaron mi vida: Gloria Steinem y Robert Alexy. Ambas personas llenaron mi cabeza de ideas, de preguntas incómodas y de rebeldías. Sus textos, que terminaron por resolver mis dudas, inseguridades y titubeos, hoy me hacen ser quien soy: una abogada feminista incómoda, desobediente y rejega.

Gloria Steinem me enseñó que el feminismo no es una etiqueta que se quita y se pone cuando te conviene. Es una forma de mirar las desigualdades y de preguntarnos quiénes se benefician de ellas, quiénes las padecen y por qué hemos decidido normalizarlas.

Su trabajo como activista y escritora me hizo comprender que lo personal también es político. Que las experiencias que durante años eran “problemas privados” (la violencia en la familia, la discriminación laboral, la falta de autonomía, la desigual distribución de los cuidados) tienen raíces sociales y estructuras que deben ser transformadas. Steinem también me recordó que la palabra escrita es una herramienta de lucha. Escribir no es únicamente describir la realidad: escribir permite nombrar lo que se ha querido ocultar, escribir incomoda a los privilegiados y abre conversaciones que antes eran imposibles.

Robert Alexy llegó a mi vida por la vía jurídica y fortaleció mi amor por la hermosa profesión que es la abogacía. Desde la teoría del derecho, me enseñó que los derechos fundamentales no son un adorno constitucional. Son mandatos que deben tomarse en serio y que exigen a los gobernantes justificar las decisiones que afectan la libertad, la igualdad y la dignidad de las personas.

Su trabajo me hizo comprender que el derecho rara vez opera en un mundo simple: los derechos entran en tensión y por eso quienes juzgan deben explicar por qué una medida es necesaria, idónea y proporcional. Esa exigencia de argumentar (y no simplemente imponer) es una de las diferencias esenciales entre el poder sin límites y el poder sometido al derecho.

Steinem me enseñó a mirar las estructuras de desigualdad. Alexy, a exigir razones frente a ellas. Una desde el feminismo; el otro, desde la teoría jurídica. Ambos, sin saberlo, contribuyeron a formar mi manera de ejercer la abogacía y de entender la responsabilidad pública.

Porque ser feminista y ser abogada no son caminos separados. Defender los derechos requiere reconocer que la igualdad formal no siempre produce igualdad real. También exige escuchar las experiencias concretas de quienes han sido excluidas, violentadas o ignoradas, y traducir esas experiencias en argumentos, políticas y decisiones capaces de transformar la vida cotidiana.

Gloria Steinem y a Robert Alexy desde sus disciplinas, sus trayectorias y sus lenguajes crearon en mi la convicción de que una sociedad justa solo se construye cuando te atreves a cuestionar la injusticia desde la razón, la valentía y la argumentación. Steinem y Alexy me enseñaron que cuestionar la injusticia es el primer acto de libertad.

Maricruz Ocampo

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