Hace algunos días, Jonatan me dijo que no le gustaba que estuviéramos hablando y que yo, al mismo tiempo, estuviera respondiendo un mensaje o distraída con el celular.
Mi primera reacción fue pensar que solamente estaba contestando algo rápido, que podía escucharlo mientras escribía y que no era para tanto. Pero después me quedé pensando en lo que me había dicho y me di cuenta de que tenía razón.
Yo estaba ahí, frente a él, pero no estaba completamente presente.
Lo más inquietante fue reconocer que ni siquiera había notado mi distracción. Tomar el teléfono mientras alguien me habla se había convertido en un movimiento automático: llega un mensaje, miro la pantalla, comienzo a responder y la conversación que estaba teniendo queda suspendida, aunque la otra persona siga hablando.
No fue agradable reconocerlo. Una suele pensar que escucha, que presta atención, que puede hacer dos cosas al mismo tiempo. Pero la realidad es que, cuando miramos el celular, algo de nosotros se retira del lugar en el que estamos.
A partir de ese momento comencé a observarme y descubrí algo todavía más incómodo: reviso el teléfono muchas más veces de las que imaginaba.
Lo tomo para consultar la hora y termino respondiendo un mensaje. Entro a buscar una fotografía y, sin darme cuenta, ya estoy viendo una noticia, una publicación o un video. Después lo dejo sobre la mesa y no recuerdo qué iba a hacer.
Últimamente me cansa el celular.
No me refiero solamente a la vista, al cuello o a la mano que lo sostiene. Me produce una especie de agotamiento mental. En él está prácticamente toda mi vida: mi familia, mis consultantes, mis alumnos, mis proyectos, las fotografías, las redes sociales, el banco, el calendario y las personas que esperan una respuesta.
Cada vez que lo abro encuentro algo pendiente.
Tal vez por eso ya no siempre lo miro con entusiasmo. Algunas veces escucho una notificación e inmediatamente pienso: “¿Ahora qué pasó?”. Puede ser algo sencillo, incluso agradable, pero mi cuerpo ya reaccionó como si estuviera recibiendo una nueva responsabilidad.
Creo que muchos estamos viviendo de esta manera. El celular dejó de ser un objeto que utilizamos cuando lo necesitamos y se convirtió en una pequeña puerta que permanece abierta todo el día para que el mundo entre a nuestra vida sin tocar.
Y el mundo entra mientras estamos comiendo, descansando, trabajando o conversando con alguien. Entra apenas despertamos y nos acompaña hasta el último momento de la noche. Entra incluso cuando vamos al baño, como si ya no pudiéramos quedarnos a solas durante unos minutos.
También hemos confundido estar conectados con estar disponibles. Si vemos un mensaje, sentimos que debemos contestarlo inmediatamente. Si tardamos, pensamos que la otra persona puede molestarse o interpretar nuestro silencio como falta de interés. Así comenzamos a responder a todos, a cualquier hora, hasta que nuestra atención queda repartida en pequeñas porciones.
Contestamos un mensaje mientras vemos una película. Revisamos una notificación durante la comida. Leemos algo mientras alguien nos habla. Estamos en muchos lugares a la vez, pero quizá no estamos verdaderamente en ninguno.
Y eso también afecta nuestras relaciones.
No hace falta ignorar completamente a alguien para hacerlo sentir solo. A veces basta con mirarlo a medias, responderle sin levantar la cabeza o decir “sí te estoy escuchando” mientras nuestros ojos siguen recorriendo la pantalla.
El celular, por supuesto, no es el enemigo. Me permite trabajar, aprender, organizarme y comunicarme con personas que están lejos. El problema comienza cuando dejo de utilizarlo conscientemente y es él quien decide hacia dónde se dirige mi atención.
Nuestro cerebro tampoco descansa cuando pasamos de una noticia dolorosa a un video gracioso, de la tragedia de una familia a las vacaciones perfectas de otra persona y, segundos después, a una publicidad. Recibimos tristeza, miedo, comparación, ternura e indignación casi al mismo tiempo. Cerramos la aplicación y continuamos con nuestra vida, pero nuestro cuerpo ya recibió cada una de esas emociones.
No quiero renunciar al celular; quiero recuperar la libertad de decidir cuándo utilizarlo.
Estoy aprendiendo que no todos los mensajes necesitan una respuesta inmediata. Puedo terminar de comer, pintar, descansar o escuchar a la persona que está conmigo antes de contestar. También puedo dejarlo boca abajo, desactivar algunas notificaciones y preguntarme, antes de desbloquearlo: “¿Para qué voy a abrirlo?”.
Agradezco que Jonatan me lo haya dicho. A veces necesitamos que alguien que nos ama nos muestre aquello que la costumbre ya no nos permite ver.
Y hay personas frente a nosotros que no necesitan una respuesta escrita. Necesitan que levantemos la mirada.























