Lo llamaremos Miguel, aunque podría llamarse de cualquier otra manera. Creció en una familia mexicana donde su madre hizo de todo para que nada le faltara. Le preparaba la comida, resolvía sus problemas, justificaba sus errores y trataba de protegerlo incluso de las consecuencias de sus propias decisiones. Su padre, en cambio, estaba ausente. Algunas veces físicamente; otras, sentado a la mesa, pero sin preguntar jamás qué sentía su hijo.
Miguel creció rodeado de cuidados, pero sin aprender a cuidarse. Sabía que mamá acudiría cuando algo saliera mal, aunque nunca aprendió a ponerle nombre a la tristeza, al miedo o a la frustración. Del padre recibió una lección silenciosa: los hombres trabajan, resisten y no hablan demasiado. Si algo les duele, se aguantan.
Durante su infancia escuchó las frases que hemos repetido durante generaciones: “No llores”, “sé hombre”, “no seas débil”, “tú puedes solo”. Nadie se preguntó qué ocurriría el día en que ya no pudiera solo.
Al llegar a la vida adulta, Miguel tenía dificultades para tolerar el rechazo, asumir responsabilidades y pedir ayuda. Cuando perdía un trabajo o terminaba una relación, no sabía qué hacer con aquella sensación de fracaso. Podía convertir la tristeza en enojo, beber para no pensar o encerrarse durante días, pero le resultaba casi imposible decir: “No estoy bien”.
No era que no sintiera. Sentía tanto que no sabía cómo gestionarlo.
La historia de Miguel no pretende explicar todos los casos ni encontrar culpables. No todas las madres protectoras anulan a sus hijos, no todos los padres ausentes dejan la misma herida y no todos los hombres que atraviesan estas experiencias desarrollan problemas emocionales. Pero su historia permite observar algo que pocas veces discutimos: ¿quién enseña a los hombres mexicanos a relacionarse con su vulnerabilidad?
En México, durante 2024 se registraron 8,856 muertes por suicidio entre personas de diez años y más. La tasa masculina fue de 11.2 por cada cien mil hombres, mientras que la femenina fue de 2.6: es decir, la de los hombres fue más de cuatro veces mayor. Alrededor de ocho de cada diez personas fallecidas por esta causa fueron hombres, de acuerdo con el INEGI.
¿Por qué sucede esto?
No existe una sola respuesta. En una muerte por suicidio pueden intervenir depresión, consumo de alcohol y otras sustancias, violencia, pérdidas afectivas, desempleo, problemas económicos, aislamiento, enfermedades, experiencias traumáticas y falta de atención profesional. Sin embargo, sobre todos estos factores suele colocarse una pesada norma cultural: un hombre debe ser fuerte, autosuficiente y capaz de resolverlo todo.
A las mujeres, pese a todas las desigualdades que enfrentamos, se nos permite con mayor frecuencia llorar, buscar consuelo y hablar con amigas. Muchos hombres, en cambio, construyen sus vínculos alrededor del trabajo, el deporte o la convivencia, pero no necesariamente cuentan con alguien ante quien puedan decir: “Tengo miedo”, “me siento solo” o “he pensado en morir”.
La Organización Mundial de la Salud identifica entre las barreras que dificultan que los hombres pidan ayuda la exigencia de autosuficiencia, la dificultad para expresar emociones y ciertas normas tradicionales de masculinidad. No es que los hombres sufran menos; muchas veces su sufrimiento permanece oculto hasta que se manifiesta mediante irritabilidad, aislamiento, consumo de alcohol, conductas de riesgo o violencia contra sí mismos.
Quizá hemos confundido independencia con abandono emocional. Educamos a algunos niños para que una mujer resuelva sus necesidades cotidianas, mientras les exigimos resolver en soledad sus necesidades afectivas. Pueden depender de una madre o de una pareja para sentirse comprendidos, pero consideran humillante acudir con un profesional. Esa contradicción los deja profundamente vulnerables.
Necesitamos criar niños que puedan hacerse responsables de sí mismos y, al mismo tiempo, reconocer cuándo necesitan compañía. Hombres capaces de cocinar, cuidar, afrontar consecuencias, nombrar emociones, construir amistades íntimas y pedir ayuda antes de que el dolor se vuelva insoportable.
La fortaleza no consiste en aguantar hasta romperse. A veces, el acto más valiente que puede realizar un hombre es mirar a alguien y decirle: “No puedo con esto solo”.
Me gusta mucho esta ruta porque no culpa a los hombres ni los presenta únicamente como victimarios: muestra también el precio emocional que pagan por el modelo de masculinidad que heredaron. Para el título también funcionarían “El silencio también mata a los hombres” o “Nadie les enseñó a pedir ayuda”.
























