Hay silencios que dicen más que cualquier pasodoble.
El que hoy comienza a rodear a Provincia Juriquilla es uno de ellos.
La plaza que durante casi cuatro décadas fue escenario de algunas de las tardes más importantes de la tauromaquia en Querétaro no tendrá este septiembre sus tradicionales corridas. No habrá cartel de fiestas patrias, ni paseíllo, ni toreros buscando el triunfo bajo el sol queretano.
Y quizá lo más preocupante no sea que una temporada se cancele.
Lo verdaderamente preocupante es que cada vez cuesta más imaginar cuál será la próxima tarde de toros.
Juriquilla no fue una plaza cualquiera. Desde aquella inauguración en 1987, desfilaron por su ruedo nombres que forman parte de la historia de la tauromaquia. Figuras mexicanas y españolas, toreros de a pie y a caballo, ganaderías de prestigio y tardes que durante años fueron cita obligada para los aficionados.
La plaza se convirtió en parte de Querétaro.
Pero las cosas han cambiado.
Las batallas legales promovidas por organizaciones que buscan terminar con las corridas de toros han conseguido frenar distintos festejos en el estado. La fiesta brava, pese a contar con el reconocimiento de Patrimonio Cultural Inmaterial de Querétaro desde 2012, enfrenta hoy un escenario que hace apenas algunos años parecía difícil de imaginar.
Y mientras unos pelean en los tribunales, otros parecen haber dejado de pelear en las plazas.
Ahí está la otra historia.
La que pocas veces se cuenta.
Porque si algo se extraña en este momento es a aquellos hombres que hicieron de la tauromaquia una causa personal.
Se extraña a la familia González.
Se extraña al Pollo Torres Landa.
Se extraña aquella generación de empresarios que entendía que una plaza no se sostiene sola y que una tradición tampoco sobrevive únicamente porque esté escrita en un decreto.
Había que defenderla.
Había que apostar por ella.
Había que traer figuras, abrir las puertas, llenar los tendidos y mantener encendida la afición.
Ellos lo hicieron hasta el final de sus días.
Hoy la escena es distinta.
La Plaza Santa María está en venta y Provincia Juriquilla se queda, al menos por ahora, sin sus tradicionales corridas de septiembre.
Dos nombres que alguna vez representaron la fuerza de la tauromaquia queretana ahora aparecen ligados a una palabra incómoda: abandono.
Y sería demasiado sencillo culpar únicamente a los activistas que se oponen a las corridas.
También habría que preguntarnos dónde están quienes durante tantos años se beneficiaron de la afición, dónde están los empresarios que deberían estar buscando alternativas, nuevos públicos, nuevos carteles y nuevas formas de mantener viva una tradición que, guste o no guste, forma parte de la historia de Querétaro.
Porque las tradiciones no desaparecen de un día para otro.
Primero dejan de celebrarse.
Después dejan de convocar.
Luego dejan de tener empresarios que apuesten por ellas.
Y finalmente se convierten en recuerdos.
Eso parece estar ocurriendo con la tauromaquia queretana.
Quizá algún día vuelva a escucharse un clarín en Juriquilla. Quizá la Santa María encuentre un nuevo destino. Quizá la fiesta encuentre la manera de reinventarse.
Pero hoy la realidad es otra.
La arena está ahí.
Las plazas también.
Lo que empieza a faltar es la voluntad de llenarlas.
Y por eso, más que los toros, se extraña a quienes alguna vez entendieron que defender la fiesta significaba no permitir que muriera.
Porque una plaza puede quedarse sin toros una tarde.
Pero cuando se queda sin quienes la defiendan, el riesgo es que nunca vuelvan.
























