Ayer leí que el recientemente nombrado coordinador estatal de la Cuarta Transformación en Querétaro, Santiago Nieto Castillo, ponía en tela de juicio la neutralidad de la Consejera Presidenta del Instituto Electoral del estado, a quien ligó, sin pruebas, con el panismo. Este ataque innecesario me hizo recordar las viejas prácticas políticas que suman a la desconfianza ciudadana.

Cuando los actores políticos dejan de ver al otro como un legítimo adversario y lo convierten en enemigo o ponen en tela de juicio la imparcialidad de las autoridades electorales, erosionan los cimientos básicos de nuestro sistema democrático.

Aun cuando formalmente no han iniciado las campañas para ocupar los diferentes cargos públicos que se disputarán en 2027, el ambiente ya huele a confrontación. Ya iniciaron las primeras descalificaciones, los discursos polarizantes y los eventos que, bajo una interpretación laxa, rondan peligrosamente los actos anticipados de campaña.

A este escenario, marcado por la intolerancia, hay que agregar el cinismo con el que los aspirantes a la gubernatura (en su inmensa mayoría hombres) han sabido aprovechar lagunas legales para promover su imagen. Utilizan la estructura del poder o la narrativa de la urgencia para posicionarse, vulnerando el espíritu de equidad que debería regir nuestra contienda. Es una carrera de obstáculos construida sobre la simulación.

Si el proceso de 2027 se convierte en un campo de batalla de aniquilación, el saldo que heredaremos para los comicios electorales de 2028 en Querétaro será un terreno estéril para el consenso.

La democracia no sobrevive al odio; se marchita cuando el debate de ideas es sustituido por el señalamiento personal y la descalificación sistemática. Si nuestros aspirantes, ansiosos por el poder, no son capaces de elevar la altura de miras, corremos el riesgo de que la inercia del conflicto contagie inevitablemente la vida pública en 2028, año en que la entidad deberá enfrentar nuevos desafíos institucionales y sociales que requerirán, más que nunca, políticos capaces de dialogar con quien piensa distinto.

La responsabilidad recae en quienes hoy encabezan las aspiraciones y en los partidos políticos que los respaldan. Seguir apostando por la polarización como estrategia de supervivencia, tendrá como resultado la desconfianza ciudadanía y la democracia será la gran perdedora. Querétaro merece una clase política que entienda que la legitimidad no se construye destruyendo a los enemigos, sino respetando a los adversarios en una contienda donde las reglas importan más que la ambición personal. O corregimos el rumbo, o nos resignamos a una democracia de fachada incapaz del diálogo.

En Querétaro, la madurez política es necesaria para evitar dañar aún más a nuestra joven democracia.

Maricruz Ocampo

Google News