Después de tener a bebé, hay una pregunta que sorprendentemente aparece con mucha frecuencia: ¿cuánto peso te falta por bajar?

A veces viene de otras personas. Otras veces somos nosotras mismas quienes empezamos a hacer cuentas. Cuánto pesábamos antes del embarazo, cuánto subimos y cuánto falta para “volver a nuestro peso”. Como si ese número fuera una especie de marcador de qué tan bien nos estamos recuperando. Y quizá es momento de cambiar esa conversación.

Durante el embarazo, el aumento de peso es mucho más que un número en la báscula. Crecen bebé, placenta y útero; aumenta el volumen sanguíneo y existen cambios en los líquidos corporales y en las reservas energéticas maternas. Después del nacimiento, algunos de esos componentes desaparecen rápidamente, mientras que otros necesitan semanas o meses para regresar gradualmente hacia su estado inicial. Pero además hay algo que con frecuencia olvidamos: el cuerpo que termina un embarazo no necesita únicamente perder peso. Necesita recuperarse.

El embarazo y el nacimiento representan una demanda física extraordinaria. Después vienen noches interrumpidas, lactancia, cambios hormonales y una rutina completamente distinta. En ese contexto, la nutrición durante el posparto debería tener otros objetivos: cubrir las necesidades energéticas, favorecer la recuperación de los tejidos y reservas maternas y, cuando existe lactancia, acompañar también el costo energético de producir leche.

También deberíamos hablar mucho más de composición corporal. Dos mujeres pueden pesar exactamente lo mismo y tener una composición corporal, fuerza y estado nutricional completamente diferentes. Por eso, conforme avanza la recuperación y siempre de acuerdo con las condiciones de cada mujer, retomar progresivamente la actividad física y especialmente el trabajo de fuerza puede ser mucho más importante para la salud que perseguir exclusivamente un número en la báscula. Esto tampoco significa que el peso deje de importar desde el punto de vista médico. El peso y su evolución pueden formar parte de la evaluación de la salud, igual que lo hacen la presión arterial o determinados estudios de laboratorio. El problema aparece cuando convertimos un solo número en sinónimo de recuperación.

A esto se suma una expectativa cultural difícil de ignorar: la idea de que después de tener un bebé deberíamos “recuperar nuestro cuerpo”. Incluso utilizamos expresiones como “ya regresó a su peso” o “parece que nunca estuvo embarazada” como elogios. Pero haber estado embarazada no es algo que nuestro cuerpo tenga que conseguir borrar. Durante nueve meses esperamos y celebramos sus transformaciones porque entendemos que son necesarias para sostener un embarazo. Parece entonces contradictorio exigir que, apenas nace bebé, todas esas transformaciones desaparezcan cuanto antes.

La recuperación posparto tampoco ocurre al mismo ritmo para todas. Depende de cómo fue el embarazo y el nacimiento, de la alimentación, el descanso, la lactancia, la actividad física, la salud previa y muchos otros factores. Compararnos rara vez aporta algo útil. En lugar de preguntarnos cuánto falta para volver al peso de antes, podríamos preguntarnos si estamos comiendo suficiente y adecuadamente, si estamos recuperando fuerza, si nuestro piso pélvico y nuestra pared abdominal están recuperando función y si poco a poco, volvemos a sentirnos fuertes en nuestro propio cuerpo.

Porque después de un embarazo, recuperarse no debería significar intentar borrar todo lo que cambió. Debería significar darle al cuerpo tiempo, nutrición y movimiento para volver a estar fuerte, funcional y saludable. Y esa recuperación difícilmente puede resumirse en los números de una báscula.

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