Después de meses imaginándolo, llega finalmente ese momento: bebé nace. Y, siempre que las condiciones de mamá y bebé lo permitan, hay algo muy sencillo que puede ocurrir inmediatamente después y que tiene beneficios enormes: colocar a bebé directamente sobre el pecho de mamá. A esos primeros minutos después del nacimiento se les conoce como la hora dorada.
Durante mucho tiempo, la atención después del nacimiento estuvo llena de rutinas que parecían indispensables: pesar a bebé, medirlo, vestirlo, limpiarlo o llevarlo a una cuna térmica. Hoy sabemos que, en un recién nacido sano, muchas de estas intervenciones pueden esperar.
Lo prioritario es algo mucho más simple: mamá y bebé juntos.
El contacto piel con piel consiste en colocar a bebé directamente sobre el pecho de mamá y cubrir a ambos para conservar el calor. No se trata solamente de un momento bonito o para fotografía. Es una intervención con beneficios fisiológicos reales. Al estar sobre el pecho materno, bebé regula su temperatura, su frecuencia cardiaca y su respiración con mayor facilidad. El contacto también disminuye el estrés asociado con la transición del útero al mundo exterior. Para mamá, este contacto también tiene beneficios importantes. La cercanía con bebé favorece la liberación de oxitocina, una hormona que participa tanto en la contracción del útero después del nacimiento como en los mecanismos que permiten la salida de la leche. Y aquí aparece otro de los grandes protagonistas de la hora dorada: el inicio de la lactancia.
Cuando se permite que un bebé sano permanezca tranquilo sobre el pecho de su madre, muchos comienzan poco a poco a mostrar conductas instintivas de búsqueda y pueden realizar su primera toma durante este periodo.
Este contacto puede favorecerse independientemente de la vía de nacimiento, siempre que las condiciones clínicas y hospitalarias lo permitan. Habrá nacimientos en los que simplemente no pueda suceder. Un bebé puede necesitar apoyo para respirar o atención médica inmediata. Una mamá puede presentar una complicación que requiera tratamiento. Algunas circunstancias obligan a separar temporalmente a ambos y, en esos casos, la prioridad es clara: garantizar su seguridad. En estas situaciones, el contacto piel con piel puede comenzar más tarde. La lactancia puede establecerse después. El vínculo entre una madre y su bebé no depende de sesenta minutos perfectos después del nacimiento, sino de miles de momentos que se irán construyendo a lo largo de la vida.
Quizá esa sea la mejor manera de entender la hora dorada: no como una exigencia más alrededor del nacimiento, sino como una oportunidad. Cuando todo está bien, podemos hacer menos para permitir que ocurra más: menos separaciones, menos interrupciones innecesarias, menos prisa por cumplir rutinas. Y simplemente dejar que, durante un rato, mamá y bebé se encuentren.























