En Querétaro tenemos un problema de cuentas: sacamos del subsuelo más agua de la que entra. En Guadalajara, el lago lleno no impide que la llave llegue vacía.
En Guadalajara, 627 colonias viven con agua por turnos hasta marzo de 2027. En Querétaro, en mayo, vecinos de Santa Rosa Jáuregui denunciaron que llevaban hasta cuatro meses sin agua y bloquearon más de 24 horas la carretera 57. Son dos ciudades distintas con una misma pregunta: ¿qué pasa cuando el agua deja de llegar?
Mi tesis es sencilla: Guadalajara nos muestra una película que Querétaro ya conoce en parte y otra que todavía puede evitar.
Empiezo por lo que no se ve. Querétaro toma su agua, sobre todo, del subsuelo, y cada año extrae más de la que se recarga. Según la Conagua, el acuífero del Valle de Querétaro tiene un déficit de 65.56 millones de metros cúbicos al año, y 7 de los 12 acuíferos del estado están en déficit. Es gastar una reserva de miles de años sin meterle un peso. La Conagua ya no puede otorgar más concesiones, y el Programa Hídrico estatal advierte que hay una ventana de 5 a 10 años para corregir el rumbo.
A eso se suma la dependencia de un solo tubo. El Acueducto II trae agua desde Zimapán, Hidalgo, y aporta alrededor de 40% del abasto metropolitano. Cuando se desfoga la presa por exceso de lluvia, el sistema se detiene: en septiembre de 2025, 300 colonias se quedaron sin agua. El Acueducto III se anuncia desde 2021 y no se ha construido. Y El Batán, que llegó a costar 35 mil 722 millones de pesos a 30 años, no alcanzó consenso en el Congreso local y quedó para el próximo gobierno. Hoy no hay una fuente nueva aprobada.
En Guadalajara el problema es otro. El Lago de Chapala está arriba de 70%: agua hay. Lo que falló es llevarla limpia. El cierre de la presa Las Pintas por contaminación redujo cerca de 30% la disponibilidad, y los tandeos obligan a repartir pipas que no alcanzan: 22 para 53 colonias. Monitoreos independientes de universidades y organizaciones encontraron agua sin cloro en la mayoría de sus muestras. No son análisis oficiales, y el gobierno de Jalisco sostiene que no hay alerta sanitaria. Aun así, la desconfianza ya está instalada.
Lo que me preocupa son los parecidos. Acuíferos en déficit y sin concesiones nuevas. Una fuente externa frágil. Obras anunciadas como “agua para 50 años” que no llegaron completas. Redes que pierden agua: la Cuenta Pública 2024 de la CEA reporta que solo se factura alrededor de 52% de lo que produce, y aunque no todo es fuga (también hay tomas clandestinas y mala medición), la CEA estima pérdidas de 30%. Y detrás, menos dinero federal: el presupuesto de la Conagua pasó de unos 68 mil millones de pesos en 2023 a unos 37 mil millones en 2025, según el Presupuesto de Egresos.
Habrá quien diga que Querétaro no es Guadalajara, y tiene razón. Aquí el problema es de cantidad y allá de calidad y conducción. Precisamente por eso la lección importa: conseguir agua nueva no basta. Sin potabilizadoras, tuberías en buen estado y vigilancia de la calidad, hasta el lago más lleno se queda en promesa.
Por eso creo que Querétaro debe cuidar primero el agua que ya tiene, hacer públicos la calidad del agua, los caudales y el consumo de los grandes usuarios, no autorizar crecimiento donde no hay agua y ponerse de acuerdo antes de la emergencia, no después.
El agua no se resuelve con una obra. Se resuelve con acuerdos que se cumplen y con la gente a la mesa. ¿Cómo está el agua en tu colonia?























