Hace casi doce años, en el mes de noviembre del 2014 se publicaba un reportaje periodístico en que se daba cuenta del principal escándalo de corrupción atribuible de manera ostensible al Presidente de la República, el priista Enrique Peña Nieto y que se le conoce como "El Escándalo de la Casa Blanca", mediante el cual se revelaba que la esposa del entonces presidente poseía una mansión con un valor de siete millones de dólares, ubicada en las Lomas de Chapultepec.

La casa era propiedad y había sido construida por empresas cuyo dueño había sido favorecido con contratos multimillonarios desde que el presidente en funciones se había desempeñado como Gobernador del Estado de México.

El caso trajo como consecuencia una severa crisis de credibilidad y percepción de corrupción sobre el gobierno, que como control se presentó una explicación mediante un video por parte de la esposa del presidente en el que decía que durante sus veinticinco años de carrera profesional como actriz, conductora y cantante en televisión, había "sido capaz de construir un patrimonio con honestidad y trabajo", e incluso uso que al concluir su contrato de exclusividad con una casa televisora ésta le había liquidado ni más ni menos de 130 millones de pesos 74 mil pesos y que la casa la había pagado a plazos.

La explicación o más bien la acusación manifiesta, en lugar de calmar la situación, causó indignación pública a grado tal que mereció demasiado tarde una disculpa del propio Presidente de la República, en las que manifestaba "Reconozco que cometí un error- Este error afectó a mi familia, lastimó la investidura presidencial y dañó la confianza en el gobierno" y remató diciendo que "con toda humildad les pido perdón. Les ofrezco una disculpa por el agravio e indignación que les cause" y remató señalando que nunca debió permitir que su esposa saliera públicamente a dar explicaciones sobre todo un asunto que le correspondía a él como jefe del Ejecutivo.Previamente el propio presidente había expresado "La corrupción es un debilitamiento del orden cultural" y que era un tema no únicamente del gobierno sino arraigado también en la sociedad. Esos actos y dicho permitieron que el combate a la corrupción se ubicara como el principal eje de propaganda a favor del candidato presidencial Andrés Manuel López Obrador, quien repitió en varias ocasiones que "La corrupción se limpia de arriba para abajo, como se barren las escaleras".

Desgraciadamente a casi doce años de ese acontecimiento, quien fungla apenas hace un par de días como presidenta del Instituto Nacional Electoral se vio obligada a renunciar al estallarle un escándalo de corrupción, que se podría englobar como conflicto de intereses, colusión y desvío de recursos públicos en operaciones realizadas por un empresario proveedor de bienes y servicios en el ámbito electoral.

Situación que salió a la luz pública una vez que se difundieron en distintos medios videos y grabaciones en donde se exhibía al empresario beneficiado con contratos millonarios conviviendo con miembros de la familia de quien fungia como presidenta del principal órgano electoral del país, dándose la gran vida en París la ciudad de eterna primavera, A ello se agregan señalamiento de simulaciones en adjudicaciones por parte de empleados y choferes, posible nepotismo y "materiales fantasma que no se entregaron".

Realmente es de lamentar las situaciones vividas ayer y hoy por parte de funcionarios que encabezan los poderes del estado o titulares de órganos autónomos y que infortunadamente no son los únicos que se tienen, pero si desde luego me resisto a considerar que la corrupción sea un asunto cultural o consubstancial al pueblo mexicano, para lo cual debemos trabajar mucho quienes estamos en la función pública y los que hoy se preparan para entrar en el relevo generacional, para evitar a toda costa ese gran cáncer que afecta a la vida pública del país denominada corrupción.

Bien lo decía el Cardenal Jorge Mario Bergolio en su libro "Corrupción y Pecado" publicado a mediados del 2005 que el pecado tiene cura al reconocer su error, sentir culpa y abrirse al perdón, pero la corrupción es un estado, condición o hábito en la que la persona se acostumbra a vivir. Aunque el pecado reiterado puede conducir a ella, la corrupción destruye cualitativamente la capacidad de amar y de discernir el bien del mal.

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