¿Estamos escuchando a nuestros jóvenes?

Lo ocurrido el pasado 30 de septiembre en la secundaria Esperanza Cabrera, en Querétaro, debe sacudir nuestra conciencia como sociedad.

Un adolescente de apenas 13 años ingresó a su escuela con dos cuchillos y agredió a cuatro personas. Afortunadamente, las víctimas sobrevivieron y fueron reportadas fuera de peligro.

Pero hay heridas que no se curan solamente en un hospital.

Está el miedo de los estudiantes, la angustia de los padres y la preocupación de los maestros que todos los días trabajan para que nuestras escuelas sean espacios seguros.

Y frente a estos hechos debemos hacernos una pregunta incómoda:

¿Qué estamos dejando de ver, de escuchar o de atender en nuestros jóvenes?

No conocemos todas las circunstancias que llevaron a este adolescente a cometer semejante agresión. Sería irresponsable inventar explicaciones o atribuirla automáticamente a un problema de salud mental.

Pero sí sabemos que necesitamos fortalecer la prevención, la convivencia escolar y el acompañamiento emocional de nuestros hijos.

Porque educar no es solamente enseñar matemáticas, historia o español.

También es enseñar a manejar la frustración, resolver conflictos, respetar a los demás y pedir ayuda cuando algo no está bien.

Y aquí tenemos una responsabilidad compartida.

A las familias nos corresponde escuchar más, observar cambios de comportamiento, conocer lo que nuestros hijos viven dentro y fuera de las redes sociales y construir la confianza necesaria para que puedan hablarnos de sus problemas.

A las escuelas les corresponde contar con protocolos efectivos, personal capacitado y mecanismos de atención temprana.

Y al Gobierno del Estado le corresponde garantizar que la atención psicológica y la prevención de la violencia escolar no sean solamente buenas intenciones, sino servicios accesibles y permanentes.

No basta con reaccionar después de una tragedia. Tenemos que trabajar para evitarla.

Como diputado, considero necesario impulsar una revisión de los protocolos escolares y fortalecer la coordinación entre autoridades educativas, instituciones de salud, docentes y familias.

Necesitamos escuelas donde pedir ayuda no sea motivo de vergüenza y donde ninguna señal de riesgo sea ignorada.

También debemos recordar que el adolescente involucrado es un menor de edad, cuyos derechos deben protegerse mientras las autoridades determinan las responsabilidades correspondientes.

La justicia, la atención a las víctimas y la prevención deben caminar juntas.

Querétaro no puede acostumbrarse a que la violencia llegue a sus salones de clases.

Que este caso no se convierta solamente en una noticia que olvidemos la próxima semana.

Que sea un llamado a escuchar, acompañar y proteger.

Porque cuidar la salud emocional de nuestros jóvenes también es cuidar el futuro de Querétaro.

Y ninguna tarea debería importarnos más que lograr que nuestros hijos salgan de casa rumbo a la escuela y regresen seguros.

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