¿Una selección de futbol puede ser el espejo de un país? ¿Qué lecciones nos deja el Mundial de 2026? Más allá de los lugares comunes de laberintos de la soledad obsoletos de Octavio Paz, habría que intentar entender desde una otra visión qué pasa con estos fenómenos sociológicos.
En Italia 90, Alemania llegó al Mundial meses después de la caída del Muro, ocurrida en noviembre de 1989. La selección que disputó el torneo representaba ya, de facto, la unificación de dos países que vivían como uno solo. Ese espíritu de celebración anticipaba lo que se consumaría el 3 de octubre de 1990, con la reunificación oficial.
Alemania venció a Argentina en la final del 8 de julio y ese triunfo selló, en el terreno simbólico, la reunión emocional de las dos Alemanias meses antes de que la política terminara el trámite. Las calles fueron el escenario de las masas que celebraban la unión política y deportiva.
Ocho años después, en Francia 98, el país enfrentaba el tema del racismo y la multiculturalidad. Lidiaba con la migración de origen musulmán y con jugadores de origen africano y caribeño que veían crecer a una derecha política que no los reconocía como parte de Francia ni les concedía los mismos derechos. Sin embargo, muchos de ellos ya vestían la camiseta de la selección nacional.
Francia ganó la final y la gente salió a festejar. En ese momento, el país celebraba con una selección llamada Black-Blanc-Beur, una utopía multicultural. Fue una ilusión momentánea. Francia sigue hoy con problemas de racismo, integración y desigualdad en las periferias. El triunfo de esa selección ofreció un instante en que el país se imaginó distinto.
También está el ejemplo de Sudáfrica en 1995, en rugby: en su Mundial de ese año. Nelson Mandela, quien había padecido el régimen del apartheid, entendió que el equipo nacional, símbolo histórico de la minoría blanca, podía transformarse. En vez de destruirlo, se vistió con la camiseta verde y lo transformó en un puente multicultural para la nueva Sudáfrica.
De nuevo, el deporte funcionó como un elemento de reconciliación nacional.
En México, los festejos en las calles se convirtieron en un plebiscito emocional. Medios extranjeros como Reuters hablaron de una rara sensación de unidad por el desempeño del equipo, unidad que trasciende la política y permite imaginar un país menos roto, uno que desde 2006 vive una ola de violencia de la que no se ha podido recuperar.
México no ganó el Mundial, pero ganó una mejor imagen ante sí mismo y ante el mundo. Los planteamientos tácticos del Vasco Aguirre (acertados o no) no resolvieron los problemas nacionales, como tampoco ocurrió en Alemania ni en Francia, pero dieron una pausa y permitieron un reencuentro colectivo.
No se curó la fractura nacional. Quizás, debajo de la polarización, sólo hubo una ficción política. Pero queda una emoción compartida que espera cualquier pretexto para volver a salir a la calle.
VLJ
























