El pasado domingo, pasadas las nueve de la noche, millones de mexicanos nos quedamos con la mirada fija en un punto que ya no importaba: el marcador. México 2, Inglaterra 3. Octavos de final. El sueño de los cuartos -esos que se nos escapan desde 1986- volvió a diluirse entre aplausos tristes en el Coloso de Santa Úrsula. Y confieso que, mientras el silencio se apoderaba de la sala donde veía el partido, sentí algo que conozco bien #DesdeCabina: esa sensación de no saber hacia dónde dirigir la vista cuando el proyecto que tanto construimos no aterriza donde lo imaginamos.

Quienes me leen semana tras semana saben que rara vez hablo de futbol. Pero ayer no hablaba solo el futbol. Hablaba la ilusión colectiva, esa que se construye con años de trabajo, con la convicción de que esta vez sí, de que el momento y el lugar eran los correctos. México fue anfitrión, llegó invicto, rompió rachas de décadas en fase de grupos y octavos. Y aun así, como en tantos proyectos profesionales que he visto nacer, crecer y a veces no concretarse del todo, la ejecución final -esos minutos decisivos donde ya no hay margen de error- fue lo que definió el resultado.

Ahí está, creo, la lección que trasciende el marcador. En la aviación aprendemos pronto que la planeación impecable no garantiza el aterrizaje perfecto; existen la turbulencia, el viento cruzado, el error humano en el momento menos oportuno. Javier Aguirre lo dijo con una honestidad que admiro: ante un rival de las grandes ligas, un par de equivocaciones bastan para pagar caro el sueño completo. No hubo falta de entrega ni de talento -ahí quedaron Quiñones, Jiménez, el asombroso Gilberto Mora de apenas diecisiete años-; hubo, simplemente, el margen estrechísimo que separa la gloria del "ya merito".

He aprendido, en dos décadas viendo despegar y aterrizar aeronaves, que la pertinencia de un proyecto no se mide únicamente por si alcanza la meta trazada, sino por la vinculación genuina que logra con quienes lo viven. Y en ese sentido, esta selección sí llegó a algo: nos hizo creer de nuevo, sin trampas ni promesas vacías. Esa sensación de logro parcial —incómoda, contradictoria— es quizá la más honesta de todas las emociones humanas: la de haber dado lo mejor y aun así no ser suficiente.

La visión estoica no consiste en fingir que no duele. Duele, y duele porque nos importó de verdad. Consiste, más bien, en aceptar que la intensidad del anhelo no garantiza el desenlace, y que el valor de lo intentado no se cancela por no haber cruzado la línea que soñábamos. Lo he visto en mi propia trayectoria profesional: proyectos aeroportuarios que tardan años en madurar, decisiones que dependen de variables fuera de nuestro control, metas que se mueven justo cuando creíamos tenerlas cerca.

Hoy México amanece sin saber bien a dónde mirar, buscando culpables o consuelo, cuando quizá lo único que corresponde es mirar hacia adentro: reconocer el esfuerzo, aprender del margen de error y prepararse, con la misma ilusión, para el siguiente despegue. Porque al final, ni en el futbol ni en la vida el fracaso de una etapa cancela la posibilidad del vuelo. Solo nos recuerda que debemos volver a la cabina, revisar la ruta, y despegar de nuevo

@Jorge_GVR

Google News