El saludo
Querida “República”: pocas palabras pesan tanto como la traición. Traiciona quien rompe deliberadamente una lealtad, una confianza o un compromiso. Por eso, cuando desde el poder se señala a alguien como traidor, la acusación nunca debería ser ligera… tan peligroso resulta ignorar una traición como inventarla.
El mensaje
México vuelve a discutir sobre traidores.
La detención del exfiscal de Chihuahua, César Jáuregui, acusado por la Fiscalía General de la República de presunta traición a la Patria, abrió un debate que trasciende su responsabilidad personal.
El origen está en un operativo realizado en la Sierra Tarahumara contra un narcolaboratorio, en el que participaron agentes estadounidenses sin la autorización federal correspondiente.
Lo sucedido debe investigarse, las irregularidades esclarecerse y, si existen responsabilidades, tendrán que determinarse. Pero hay una pregunta que inevitablemente aparece: ¿estamos realmente frente a una traición a la Patria?
La pregunta importa porque las palabras también tienen límites. Durante años, México y Estados Unidos han construido mecanismos de cooperación para combatir al crimen organizado; una relación compleja, incómoda muchas veces, que exige reglas claras y respeto a nuestra soberanía.
Pero convertir una posible violación de esas reglas en una acusación de traición son palabras mayores. Cuando el poder comienza a decidir quién es patriota y quién es traidor, la frontera entre la justicia y la política se vuelve peligrosamente delgada.
El propio Jáuregui introdujo otra paradoja durante su comparecencia: mientras las autoridades mexicanas discuten quién permitió la participación de agentes extranjeros en aquel operativo, quienes deberían estar satisfechos —dijo— son los narcotraficantes cuyos intereses fueron afectados.
La frase forma parte de su defensa, pero la pregunta que provoca merece atención: ¿a quién beneficia que la cooperación contra el crimen termine convertida en una batalla política?
Defender nuestra soberanía también significa defender nuestras instituciones; exigir que la colaboración extranjera respete nuestras leyes, pero también evitar que la justicia termine convertida en instrumento de la disputa política.
Las palabras importan. Deben estar al servicio de la realidad y no al servicio del poder.
La despedida
Querida “R.”: cuídate de los traidores, pero también de quienes tienen el poder de decidir, arbitrariamente, quién merece ese nombre.
La firma
Tu amigo: “El Discursero”.
P.D. En espera de una próxima carta, deshazte del sobre amarillo.























