El saludo
Querida “República”: hay abandonos que parecen pequeños, pero terminan diciendo mucho: una ventana rota que nadie repara; una pared llena de grafitis; basura que permanece en la calle; un espacio público deteriorado.
El mensaje
El mayor riesgo del abandono en “La Cosa Pública” no es lo que vemos roto, sino lo que empezamos a creer que puede romperse.
Aunque las señales parezcan menores, transmiten un mensaje: nadie está cuidando, nadie está poniendo orden, nadie se está haciendo cargo.
Eso plantea la llamada teoría de las ventanas rotas, desarrollada por James Q. Wilson y George L. Kelling. Su planteamiento es sencillo: cuando el desorden visible se tolera y permanece sin atención, puede generar la percepción de que las reglas dejaron de importar y que nadie tiene el control. No se trata de afirmar que una ventana rota inevitablemente producirá un delito; se trata de entender el mensaje que envía su abandono.
Por eso no debe pasarse por alto lo ocurrido recientemente en Los Pinos. La estatua de Felipe Calderón llevaba más de un año en el suelo, después de que un árbol la derribara. En julio de 2025, la propia dirección del Complejo Cultural había señalado que debía reinstalarse porque formaba parte de la historia del lugar. No ocurrió. Permaneció ahí, abandonada, hasta que un grupo de extrabajadores de Luz y Fuerza del Centro llegó al recinto y terminó por arrancarle la cabeza.
No hace falta defender a Felipe Calderón, ni reivindicar su gobierno, para reconocer que aquello estuvo mal. Tampoco hace falta desconocer el enojo legítimo de quienes perdieron su empleo tras la extinción de Luz y Fuerza del Centro para entender que, si bien la protesta es un derecho, la destrucción no lo es.
La presidenta Claudia Sheinbaum hizo bien en condenar la violencia y en señalar que no está de acuerdo con lo ocurrido. Pero una cosa es condenar el acto cuando ya sucedió y otra muy distinta es preguntarnos cómo fue posible que sucediera dentro de un recinto bajo responsabilidad del Estado. Porque antes de que aquella estatua fuera decapitada, ya había sido abandonada; es decir, ocurrió lo que debió de haberse evitado.
La despedida
Querida “R.”: recuerda que una sociedad también aprende de aquello que sus autoridades permiten. Al igual que las ventanas rotas, las estatuas decapitadas se convierten en mensajes peligrosos: las reglas pueden esperar, el espacio público puede ser tomado y el patrimonio puede ser dañado.
Cuando eso ocurre, lo que se deja en el suelo no solo es una estatua, sino el sentido de la autoridad.
La firma
Tu amigo: “El Discursero”.
P.D. En espera de una próxima carta, deshazte del sobre amarillo.























