Hay un momento en la política mexicana en el que el apoyo se vuelve un cálculo y la lealtad, un comodín que se guarda o se descarta según la conveniencia del día. El caso de Rubén Rocha Moya lo ilustra con una claridad casi cruel. Primero llegó el respaldo unánime. En agosto de 2024, cuando la carta de Ismael “El Mayo” Zambada lo colocó en el centro de una tormenta, los gobernadores de Morena salieron en bloque a defenderlo. Firmaron un desplegado que hablaba de honestidad, de vocación de servicio y de estigmatización injusta. Claudia Sheinbaum, entonces presidenta electa, le creyó. Andrés Manuel López Obrador le dio toda la confianza. El mensaje era claro: no estás solo.

Ese no estás solo se sostuvo durante meses. Cuando en abril de 2026 Estados Unidos presentó acusaciones formales de nexos con una facción del Cártel de Sinaloa, la respuesta oficial se centró en la falta de pruebas y en la soberanía. Se habló de injerencia, de que no se puede proceder sin evidencias entregadas por Washington, de que la Fiscalía mexicana es la que decide. Rocha pidió licencia, se apartó del cargo y durante más de cien días permaneció en una especie de limbo protegido. El movimiento lo cubrió. No hubo despliegue de ostracismo. Hubo, en cambio, una defensa estructurada alrededor de la idea de que acusar sin pruebas es tan grave como proteger al culpable.

Hasta que quiso regresar. El 21 de agosto de 2026 anunció que retomaba el cargo. Dijo que la Fiscalía no había encontrado elementos suficientes y que volvía con la frente limpia. En menos de 48 horas el escenario cambió por completo. Los mismos gobernadores que dos años antes firmaban el absoluto respaldo ahora pedían madurez y responsabilidad. La presidenta se enteró por un tuit, consideró la decisión imprudente y envió un mensaje sobre la ambición del poder por el poder. Morena se deslindó. El regreso duró poco más de un día. La segunda licencia llegó casi como un acto de supervivencia política. El mismo aparato que lo había protegido lo dejó solo en el momento en que su presencia resultó incómoda.

La lección es dura y no es nueva. En la política populista de izquierda, el apoyo colectivo suele ser sólido mientras el costo es manejable y la figura no amenaza el equilibrio interno. Cuando el cálculo cambia, la protección se convierte en distancia y la distancia en abandono. Rocha Moya pasó de ser el compañero defendido a ser el problema que había que contener.

Ahora, si volteamos a ver hacia Andy López Beltrán. Hace apenas días, cuando Estados Unidos le retiró la visa, el mismo batallón de gobernadores, legisladores y dirigentes salió a cerrar filas. Hablaron de soberanía, de injerencia y de defensa del movimiento. Sheinbaum insistió en que no hay pruebas de delito y que una visa no define a un mexicano. El patrón es reconocible: primero el cierre de filas, después la narrativa de agresión externa, y la expectativa de que el tiempo y el silencio disuelvan la presión.

La pregunta inevitable es si ese respaldo también tiene fecha de caducidad. López Beltrán no es un gobernador con fuero ni un acusado formal ante una corte estadounidense por narcotráfico. Es el hijo del fundador del movimiento, alguien que ocupó un cargo clave en la estructura partidista y que ahora busca reinventarse electoralmente. Su peso simbólico es mayor. Por eso el apoyo actual es más ruidoso y más rápido. Pero la lógica que se aplicó a Rocha Moya no depende del apellido. Depende de si la figura se vuelve un pasivo político, de si las acusaciones empiezan a costar más de lo que aportan, y de si el liderazgo central decide que la unidad del proyecto exige distancia.

No se trata de predecir una caída inminente. Se trata de reconocer un patrón. En la 4T, como en casi cualquier fuerza política que concentra poder, la lealtad es real mientras resulta útil. Cuando deja de serlo, el mismo lenguaje de principios y de soberanía que sirvió para defender puede servir para justificar el retiro. Rocha Moya lo aprendió en carne propia. La pregunta que queda flotando es si López Beltrán, a pesar de su cercanía genética y política con el origen del movimiento, está realmente a salvo de esa misma mecánica.

La política mexicana rara vez perdona a quienes dejan de ser funcionales. Y los movimientos que prometen no abandonar a los suyos suelen ser, en los momentos decisivos, los más rápidos en hacerlo.

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