Hay una anécdota que Federico Reyes Heroles cuenta en Orfandad y que resume con precisión la esencia del problema que hoy enfrentamos. Cuando alguien presentaba a una persona como honesta, Jesús Reyes Heroles solía preguntar, con esa mezcla de ironía y lucidez que lo caracterizaba: “¿Ya ha estado dónde hay?”. La pregunta no era un ataque personal. Era un recordatorio brutal de que la honestidad se prueba donde existe la tentación, donde el poder y el dinero están al alcance de la mano, donde las reglas se vuelven flexibles y las consecuencias lejanas. Mientras no se haya estado “dónde hay”, la virtud es apenas una hipótesis.

La crisis del Instituto Nacional Electoral no se explica solo por Guadalupe Taddei. Reducir el problema a una persona es cómodo y, al mismo tiempo, peligroso. Taddei pudo haber actuado mal, y las evidencias de contratos irregulares, aparentes conflictos de interés y opacidad merecen investigación a fondo. Pero el verdadero daño no está en lo que una persona hizo. Está en lo que el sistema permitió que hiciera. Cuando se eliminan controles, cuando se debilitan los contrapesos, cuando se concentra el poder en nombre de la eficiencia o de la transformación, se crea el escenario perfecto para que cualquiera, honesto o no, termine haciendo lo que no debería.

Morena no tiene la culpa de haber confiado en Taddei. Confiar es humano. Tiene la culpa de haber desmontado, pieza por pieza, los mecanismos que impedían que esa confianza se convirtiera en impunidad. Durante años se argumentó que el INE era costoso, que tenía demasiados candados, que sus estructuras eran un lastre. Se recortaron presupuestos, se modificaron reglas, se diluyeron autonomías, se redujo la capacidad de vigilancia interna y externa. Se construyó un relato en el que los contrapesos eran obstáculos y no protecciones. El resultado está a la vista: un órgano electoral más vulnerable, más opaco y, inevitablemente, más desprestigiado.

La honestidad individual nunca ha sido suficiente. Jesús Reyes Heroles lo sabía. Las instituciones serias no se diseñan para personas virtuosas; se diseñan para personas imperfectas. Se construyen bajo el supuesto de que el poder corrompe y de que la tentación siempre estará presente. Por eso existen auditorías externas, por eso hay reglas de contratación estrictas, por eso se exige transparencia radical, por eso se mantienen equilibrios internos que dificultan las decisiones unilaterales. Cuando esos controles desaparecen, la pregunta de Reyes Heroles se vuelve trágicamente actual: ¿ya ha estado dónde hay? Ahora sabemos la respuesta.

El debate que se abre con la renuncia de Taddei no puede limitarse a buscar un sustituto. Por supuesto que quien llegue debe ser la mejor persona posible: alguien con trayectoria, independencia, conocimiento técnico y autoridad moral. Pero si solo cambiamos el nombre y dejamos intacta la estructura debilitada, estaremos repitiendo el mismo error con distinta cara. El verdadero trabajo consiste en devolverle al INE todos los controles que se le quitaron. Restaurar la capacidad de fiscalización real. Fortalecer los mecanismos de rendición de cuentas. Garantizar que ninguna presidencia del Consejo General pueda operar con la facilidad con la que, según las denuncias, se operó en los últimos años.

Un árbitro electoral no puede depender de la buena voluntad de quien lo encabeza. Debe estar blindado contra ella. Debe ser capaz de resistir tanto a los gobiernos que quieren controlarlo como a las tentaciones internas de quienes lo administran. Eso no se logra con discursos ni con promesas de renovación moral. Se logra con reglas claras, con presupuestos suficientes para la vigilancia, con autonomía real frente al poder político y con una cultura institucional que premie la transparencia y sancione la opacidad.

La ciudadanía ya pagó el costo de la desconfianza. El INE dejó de ocupar el lugar privilegiado que alguna vez tuvo entre las instituciones más respetadas. Esa caída no es solo un dato de encuesta; es un daño a la legitimidad de las futuras elecciones. Recuperar esa confianza no será rápido ni fácil. Pero empieza por reconocer una verdad incómoda: el problema no fue únicamente quién estaba al frente. Fue lo que se permitió que hiciera quien estaba al frente.

Jesús Reyes Heroles nos dejó una pregunta que sigue vigente. Hoy, frente al vacío que deja Taddei, esa pregunta debe convertirse en exigencia. No basta con encontrar a alguien que todavía no haya estado “dónde hay”. Hay que reconstruir el sistema de tal manera que, cuando alguien llegue a ese lugar de poder, encuentre barreras suficientes para no caer. Porque la democracia no se sostiene con personas honestas. Se sostiene con instituciones que no les den la facilidad de dejar de serlo.

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