Este Día de Muertos me encontró de viaje con mis hijas, celebrando mis cincuenta años. Veníamos en el auto cantando, platicando y contándonos cosas. Yo estaba feliz, aunque cada vez que pasaba un tráiler me ponía tensa. Quería disfrutar el camino, pero también quería que llegáramos bien.

Mientras ellas cantaban, yo iba pendiente de la carretera. En algún momento me descubrí haciendo las dos cosas: teniendo miedo y siendo feliz.

En estos días también me han llegado noticias sobre preparativos para emergencias en distintos países. Maletas con agua, alimentos, medicamentos y documentos. Una lee esas cosas y empieza a hacerse preguntas: ¿qué está pasando?, ¿qué saben que nosotros no?, ¿de verdad hay algo por venir?

La Unión Europea, por ejemplo, ha promovido que la población cuente con provisiones para pasar al menos 72 horas ante una emergencia. Es una medida de preparación frente a distintos riesgos. Pero entre lo que una recomendación dice y lo que sentimos al leerla puede haber una distancia enorme. A veces basta un video, un titular o un mensaje para que nuestra cabeza complete la historia con el peor final.Y en medio de esas preocupaciones llega el Día de Muertos.

Ponemos flores, encendemos velas, elegimos fotografías y preparamos algo que le gustaba a quien murió.

Hacemos un espacio en casa para su recuerdo. Sin embargo, cuando pensamos en nuestra propia muerte o en perder a alguien más, sentimos que nos falta el aire.

A mí también me pasa. Haber vivido una pérdida no me ha quitado el miedo. Sé lo que duele una ausencia y cuánto puede cambiar la vida de un momento a otro. Hay personas que quisiera tener conmigo en este cumpleaños. Hay abrazos que me siguen haciendo falta, aunque hayan pasado los años.

Por eso estas fechas me mueven tanto. Junto al cariño y los recuerdos también aparece la conciencia de que el tiempo está pasando. Cumplí cincuenta años. Mis hijas han crecido. Vamos juntas en un auto y por un rato tenemos la oportunidad de escucharnos, de reírnos, de cantar una canción completa.

No quiero que ese momento se me vaya por estar imaginando una desgracia. Tampoco puedo ordenarme dejar de sentir miedo. Lo que puedo hacer es darme cuenta, respirar y volver a escucharlas.

Pienso que algo parecido nos toca hacer con lo que sucede en el mundo: informarnos, revisar de dónde viene una noticia y tomar las precauciones que correspondan. Después, dejar el teléfono un rato y atender la vida que tenemos cerca. El miedo necesita cuidado, pero también necesita descanso.

Este Día de Muertos pienso en quienes extraño y en quienes todavía puedo tomar de la mano. Quiero recordar a mis muertos con todo el amor que les tengo, y quiero que mis hijas sepan cuánto disfruto estar con ellas.

No sé cuántos viajes nos esperan. Este lo estoy viviendo con gratitud, con algunas preocupaciones y con muchas ganas de guardar lo que nos estamos contando.

Entre los tráileres y mis nervios, mis hijas siguen cantando. Yo también me sé la canción.

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