La política exterior de Estados Unidos de América (EUA), bajo Donald Trump, ha mermado nuevamente a quienes son sus aliados. Con su índice de aprobación y el de su partido en mínimos a pocas semanas de las elecciones de medio mandato, y con el diésel casi un 70% más caro desde que empezaron los bombardeos sobre Irán, el presidente buscó un alivio rápido para el bolsillo de sus votantes. No obstante, esa respuesta la encontró, lamentable y erráticamente, en un acuerdo con Vladimir Putin. ¿Qué impactos trae consigo esa decisión?
Ante la subida del precio del diésel, el electorado estadounidense ha llevado su preocupación y malestar a las encuestas de cara a las elecciones intermedias. El impacto negativo para el mandatario republicano le ha conducido a generar un acuerdo con su símil ruso, mismo que levanta ciertas sanciones impuestas a Rusia por su agresión contra Ucrania con tal de recibir el valioso hidrocarburo para la población estadounidense.
Así, Trump culpa del encarecimiento a la guerra de Ucrania, cuando buena parte de sus votantes la atribuye a su propia guerra con Irán. Por ende, el acuerdo trata de pagar un coste político de política exterior con una concesión de política exterior, y de pedirle al agresor que arregle lo que el presidente no ha sabido gestionar. En este contexto, si los precios de los hidrocarburos no se estabilizan y si no se registra el voto tan esperado para los Republicanos, el mandatario habrá regalado a Moscú un respiro económico sin obtener nada a cambio.
Ahora, el domingo, Trump anunció un “alto el fuego energético” entre Rusia y Ucrania que, sobre el terreno, no se ha cumplido, ya que las tropas del Kremlin atacaron varias centrales eléctricas ucranianas. En paralelo, Washington amenaza a Kiev con cortar el suministro de armas e incluso el flujo de inteligencia si no deja de golpear las refinerías rusas. La ironía es clara, mientras al invadido se le exige moderación, al invasor se le alivian las sanciones, y encimad de eso, el inquilino de la Casa Blanca cuestiona la legitimidad de Volodimir Zelenski, como si gozara de alguna autoridad moral para emitir tal señalamiento.
Para Europa, el golpe es fuerte. Desde el punto de vista político, muestra un deslinde y una posición unilateral de EUA en el marco de la guerra de Rusia y Ucrania. Kaja Kallas lo resumió con claridad, señalando que no es el momento de reducir la presión sobre Moscú, sino de aumentarla. Asimismo, otro impacto tiene que ver con la dependencia. Varias de las armas más sofisticadas que usan los ucranianos, como los misiles interceptores Patriot, adquiridos por la Unión Europea, provienen del país de las barras y las estrellas, quien decide cuándo utilizarlos. Sin ellas, la defensa contra los rusos sería menos efectiva, por lo que sí o sí se requiere del apoyo estadounidense, no obstante, Bruselas es relegado sin decidir su uso.
Es lamentable. Trump quizá consiga un respiro en la gasolinera antes de noviembre. Pero un acuerdo que premia al agresor, debilita al aliado y erosiona la confianza de Europa no es una buena política exterior. Es una factura aplazada, con perdedores en ambos lados del Atlántico, con ucranianos y los europeos perdiendo terreno, pero con el presidente estadounidense perdiendo lo poco que le queda de su legitimidad.
Niels Rosas Valdez
Historiador e internacionalista
@NielsRosasV (X)























