El domingo pasado se celebraron elecciones presidenciales en Brasil. Luiz Inácio Lula da Silva llegó a las urnas como favorito en ocho de las nueve encuestas publicadas la semana anterior, y todas proyectaban su victoria en primera vuelta. Con el escrutinio casi completo, Flávio Bolsonaro, hijo del exmandatario, obtuvo el 47.03% de los votos válidos, mientras que su rival, el 45.16%. ¿Qué sucederá el 25 de octubre?

Antes del domingo, de las nueve encuestas que midieron un balotaje, cuatro daban ganador a Lula, cuatro a Flávio y una anticipaba empate. AtlasIntel llegó a ofrecer un 50.1% contra 49.9%. Esos números ya eran un empate técnico antes de que el voto real sorprendiera a todos. Ahora, señalar quién gana en la segunda vuelta sería aventurarse en terreno pantanoso.

Para ello, podemos vislumbrar tres escenarios. En el primero, Bolsonaro consolida la ventaja. Le basta mantener su base y captar una parte de los votos que fueron a otros candidatos. Llega con el impulso de haber ganado la primera vuelta, con aliados conservadores que dominaron las elecciones en estados clave y con un relato sencillo contra el ciclo del partido rival. Su riesgo es que ese relato sirva solo para los ya convencidos, además de que ganar la primera vuelta no garantiza la presidencia.

En el segundo escenario, Lula da Silva remonta. Es el camino de 2022, cuando también perdió terreno frente a las encuestas en la primera vuelta y aun así venció en las urnas. Su campaña tiene dos palancas. Una es movilizar a los votantes que se abstuvieron, algo decisivo en el nordeste, su principal bastión, donde el escrutinio fue achicando la diferencia durante la noche. La otra es ampliar su coalición hacia el centro, como hizo con apoyos de lA centroderecha hace cuatro años.

El tercer escenario representa la realidad del país. Con una diferencia inicial de menos de dos puntos, un empate técnico en casi todos los sondeos y un país polarizado, no es descabellado pensar en un resultado decidido por un margen angosto. Si eso sucediera, a pesar de conocer a un ganador, además de los clásicos comentarios del robo de elecciones para demeritar la victoria del rival, el país quedaría en un limbo donde las tensiones serían constantes en la ciudad y en el gobierno.

Por otro lado, tres variables inclinarán la balanza. La primera es la abstención y el voto en blanco, haciendo que la segunda vuelta no se gane solo con la participación de los indecisos. La segunda es el centro. Los electores de los candidatos eliminados no tienen dueño, y ninguno de los dos finalistas puede darlos por sentados. La tercera es el clima exterior, porque el resultado ya se lee fuera de Brasil como un termómetro regional, con felicitaciones inmediatas de líderes extranjeros. Esa presión puede ayudar a un candidato o influir a un votante que no quiere sentirse parte de una pelea ajena.

En menos de tres semanas se celebrarán nuevos comicios. La moneda ciertamente sigue en el aire y estos días son decisivos, de manera particular por lo cerradas que están las preferencias del electorado. Lo complicado será el día después, cuando haya un ganador de los comicios en Brasil y la polarización sea el día a día de la población brasileña.

Niels Rosas Valdez

Historiador e internacionalista

@NielsRosasV (X)

Google News