Ahora que ya sabemos quiénes serán las personas que liderarán a sus partidos en las próximas elecciones, me dirijo a ustedes como una ciudadana cansada de campañas eternas de gastos que nadie explica con claridad, del dinero sin factura que paga anuncios, eventos y propaganda y de los acuerdos “en lo oscurito”, negociados lejos de la ciudadanía. Estoy cansada del grave riesgo al que han expuesto a nuestra joven democracia.

Ahora que ya sabemos quiénes serán les recuerdo que la población adolece de desconfianza por la falta de cuentas claras y de compromisos cumplidos. Por eso, cuando nos pidan el voto, no nos pidan que olvidemos.

Muéstrennos cómo escucharán a quienes nunca son escuchados; cómo rendirán cuentas; cómo evitarán que la violencia y los insultos marquen el debate. Dígannos cómo podremos exigirles cuentas si incumplen sus promesas.

Antes de pedir nuestra confianza, demuestren su honestidad. No basta con decir que representan al pueblo; deben demostrarlo anteponiendo los intereses de quienes menos tienen a los intereses y designios de sus partidos, sus asociados y sus familiares. Dígannos qué proponen, cómo lo lograrán y de dónde saldrán los recursos que se necesitan para satisfacer las necesidades urgentes de la gente que menos tiene. Es lo menos que pueden hacer.

Antes de acercarse a nuestra puerta convénzannos de que son capaces de actuar con decencia y empatía. Antes de llenar nuestras calles con sus fotos, sus nombres y sus colores demuestren que entienden que el cargo no les pertenece; que pueden hablar con sus adversarios sin convertirlos en enemigos y con la población sin tratarnos como niños.

Antes de iniciar sus giras prometan que no usarán a las personas con discapacidad, a las niñas, niños y adolescentes, a las personas adultas mayores, a los pueblos indígenas, a las mujeres, a las personas de la diversidad sexual y a quienes viven en condiciones de pobreza o exclusión como floreros de utilería. Recuerden que gobernar con justicia exige escuchar, proteger derechos y tomar decisiones que no dejen a nadie atrás.

Les pido que limiten la violencia que ejercen entre ustedes. Cuando un político reta, insulta o denuesta a quien piensa distinto, no demuestra entereza ni liderazgo. Exhibe una forma de entender el poder que lastima y ahoga. Esas conductas tan propias de las masculinidades hegemónicas, convierten la agresión en espectáculo y la rivalidad en una prueba de hombría mal entendida. La política necesita carácter, autocontrol, respeto y capacidad de disentir sin violencia; por eso la crueldad no debe ser nunca una estrategia política.

Todavía están a tiempo de hacer de la política un servicio y no un espectáculo. Lleguen a la campaña con propuestas, respeto y la verdad por delante. Y, si reciben nuestro voto, recuerden que no les entregamos nuestra voz: les confiamos, por un tiempo, la obligación de escucharla.

Maricruz Ocampo

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