En algún cementerio de la Europa del siglo XIX, una familia podía enterrar a un ser querido y descubrir, días después, que alguien se lo había llevado. No buscaban joyas ni dinero: el botín era el cadáver. Las escuelas de medicina necesitaban cuerpos y había quienes estaban dispuestos a conseguirlos por cualquier medio.

La historia venía de lejos. Los cuerpos humanos han sido considerados sagrados, impuros, objetos de estudio y hasta mercancía. Durante buena parte de la historia, el problema de la anatomía no consistió únicamente en determinar si era legítimo abrir un cadáver, sino en decidir quién tenía autoridad para hacerlo, sobre qué cuerpos podía ejercerla y bajo qué justificación moral, religiosa o científica.

En el mundo islámico medieval, el deber de respetar a los muertos y sepultarlos pronto despertaba objeciones a la disección. Eso no impidió una intensa vida intelectual: Avicena reunió el saber médico de su época, Ibn al-Nafis explicó la circulación pulmonar y Averroes vio en el conocimiento anatómico una manera de apreciar la creación. La relación entre religión y medicina era menos sencilla de lo que solemos imaginar.

Algo parecido ocurría en la Europa cristiana. Se repite que la Iglesia prohibía abrir cadáveres, pero la célebre disposición de Bonifacio VIII, hacia 1300, perseguía otra práctica: desmembrar y hervir cuerpos para trasladar sus huesos a una sepultura lejana. Entretanto, Mondino de Luzzi hacía disecciones en Bolonia y ayudaba a llevar la anatomía a las universidades. En 1543, Andrés Vesalio publicaría De humani corporis fabrica, que obligó a contrastar los textos venerados durante siglos con lo que aparecía delante de los ojos, sobre la mesa.

Y las mesas empezaron a multiplicarse. Los cadáveres de condenados a muerte ya no bastaban para cubrir la demanda. En Gran Bretaña proliferó el robo de tumbas y, en Edimburgo, Burke y Hare ni siquiera esperaban a que sus víctimas murieran: asesinaron a 16 personas para vender sus cuerpos. La ley británica de 1832 reguló el acceso a cadáveres y ayudó a frenar aquel negocio, aunque permitió recurrir a cuerpos no reclamados, con frecuencia de personas pobres. La desigualdad también encontraba maneras de sobrevivir a sus víctimas.

Hoy la pregunta es distinta, al menos en principio. En México, la ley establece que los cadáveres no son objeto de propiedad y regula su utilización para docencia e investigación. La UNAM puso en marcha en 2016 un programa pionero de donación de cuerpos. Y hace poco, la Facultad de Medicina de la UAQ recibió el de Sergio Marín Montiel, quien decidió donarlo para la formación de futuros profesionales de la salud.

Gracias a su decisión, las nuevas generaciones de médicos no sólo podrán aprender anatomía y comprender mejor el cuerpo humano, sino también algo que ninguna lección debería pasar por alto: el respeto a quienes, incluso después de morir, siguen contribuyendo al avance de la ciencia.

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