Hay pasajeros que cruzan la terminal sin que nadie note lo que llevan consigo. Un joven que no se quita los audífonos de cancelación de ruido en el filtro de seguridad, un niño que rompe en llanto cuando el voceo retumba en la sala. Parecen escenas comunes; muchas cuentan una historia que no se ve.

Durante décadas, la accesibilidad aérea se pensó para lo visible: rampas, elevadores, sillas de ruedas. Fue un avance necesario, pero incompleto. Se estima que mil millones de personas en el mundo viven con alguna discapacidad, y muchas de ellas no se perciben a primera vista: autismo, ansiedad, epilepsia, demencia, dolor crónico o pérdida auditiva. En México, el Censo 2020 del INEGI contabilizó más de siete millones de personas con discapacidad o alguna condición mental, el 5.7 por ciento de la población. Para ellas, un aeropuerto puede ser un entorno de estímulo constante y prisa permanente.

La respuesta del sector se ha construido en tres capas. La primera es una señal: el cordón del girasol, que permite indicar de forma voluntaria y discreta que se puede necesitar más tiempo, una explicación más clara o simplemente paciencia, sin tener que revelar un diagnóstico. Hoy está presente en unos 350 aeropuertos de más de 70 países. La segunda capa es el espacio. Aeropuertos como Alicante-Elche, en España, han habilitado salas sensoriales para pasajeros con trastorno del espectro autista.

La tercera capa es la que más me ocupa, porque en ella he pasado buena parte de mi vida profesional: la formación. Un símbolo que nadie sabe leer es apenas un adorno, y una sala silenciosa sin personal que oriente es un cuarto vacío. La empatía, como cualquier procedimiento de cabina, se entrena. Se aprende a explicar sin prisa un control de seguridad, a preguntar antes de asumir y a reconocer que la ayuda más valiosa, muchas veces, consiste en conceder unos minutos más.

Por eso comparto este martes #DesdeCabina con los que me leen el trayecto que hemos recorrido en el Aeropuerto Intercontinental de Querétaro, que ha sido, sobre todo, un ejercicio de voltear a ver. En 2022 miramos hacia quien nos visita desde una pantalla y adoptamos las pautas internacionales de accesibilidad web WCAG en nivel AA. En 2024 nos preguntamos qué aeropuerto queremos ser y en 2025 lo tradujimos en un Plan de Accesibilidad para garantizar movilidad, autonomía e independencia. En 2026 dimos un paso que nos distingue: adherirmos al programa Hidden Disabilities Sunflower, con personal capacitado para reconocer el distintivo, lo que convertiría al AIQ en el primer aeropuerto de México en sumarse a esta red internacional. La meta para 2027 es obtener la Acreditación para la Mejora de la Accesibilidad del Consejo Internacional de Aeropuertos.

Nada de esto es un esfuerzo aislado. Forma parte de nuestra Visión 2050, que proyecta al AIQ como una Airport City y que tiene entre sus seis ejes estratégicos el de un aeropuerto sustentable, donde la inclusión y la gestión del tránsito y la movilidad de los pasajeros ocupan un lugar central. La experiencia de viaje no termina en una terminal: continúa en el avión, en el destino y en la ciudad que crece a su alrededor.

Al final, la calidad de un aeropuerto no se mide solo por sus pistas ni por sus rutas. Se mide por cómo trata a quien no tiene que demostrar lo que necesita.

Jorge Gutiérrez de Velasco Rodríguez

Director General del Aeropuerto Intercontinental de Querétaro

@Jorge_GVR

Google News