Delegar el voto convierte un derecho en un privilegio que alguien más administra en tu nombre.
Erika Kirk, viuda de Charlie Kirk y presidenta de Turning Point USA, encabezó en junio la Women's Leadership Summit del movimiento. Ahí, ante casi tres mil asistentes, se planteó que el voto debería ejercerlo el hombre en nombre del hogar; el auditorio respondió con aplausos.
La respuesta pública se quedó corta porque discutió lo que no estaba en juego. La 19a Enmienda sigue vigente, es cierto, y nadie va a derogarla esta semana. Pero juzgarla solo por su legalidad esquiva la pregunta de fondo, la de quién cuenta como persona política. Un régimen revierte el sufragio femenino con más eficacia si logra que las propias titulares del derecho dejen de reclamarlo como suyo, sin necesidad de decreto alguno.
Ese mecanismo, documentado por la teoría de la representación política en el caciquismo rural y en el voto corporativo de los regímenes de partido único, opera siempre igual, el individuo desaparece dentro de una unidad que otro representa. Lo distintivo del caso Kirk es que, por primera vez en el debate reciente, son las tituladas del derecho quienes piden ceder su representación, revestida de virtud doméstica y decisión libre. La literatura sobre autocratización electoral llama a este proceso erosión por consentimiento, y es más difícil de revertir que cualquier imposición frontal, porque un decreto revoca lo que otro decreto impuso, mientras que un derecho abandonado por convicción propia solo se recupera convenciendo a quien decidió que prefería no decidir.
En México esa lógica ya tiene vocero. Javier Albarrán, panista con presencia pública en el Estado de México, publicó hace unos días que el voto "debería emitirse por familia o por casa". Sin cargo formal que respalde la propuesta ni iniciativa que la sostenga, le bastó con publicarla para que el PAN se abstuviera de desmentirla. Un partido que deja correr la idea de que el voto individual estorba ya decidió, sin necesidad de congreso ni de reforma, a quién le importa escuchar.
El silencio institucional pesa tanto como la propuesta misma. Ningún dirigente panista corrigió a Albarrán, y ese silencio equivale, dentro de un partido, a autorización. Cuando una organización política deja pasar una idea que cuestiona el principio de una persona, un voto, sin fijar postura, ya trazó una línea, aunque nadie la haya firmado. Esa es la diferencia entre un exabrupto individual y una corriente que un partido tolera porque le sirve.
El sufragio universal tardó décadas en construirse, pero se pierde en cuanto ceder lo que cuesta ejercer se vuelve costumbre, sin que medie ninguna ley que lo prohíba. Esto es, en tiempo real, la reversión del principio que hizo posible que el voto dejara de ser un privilegio.
Devolvernos al siglo pasado exige menos que una reforma legal, exige apenas que suficientes personas dejen de entender que votar por delegación es dejar de votar.
X: @maeggleton
























