En la cinta El padrino (1972), Francis Ford Coppola expresa con maestría una situación éticamente contradictoria: engarza escenas paralelas en las que, por un lado, Michael Corleone (Al Pacino) participa como padrino en el bautizo católico del hijo de su hermana. Mientras, siguiendo el rito, responde a las preguntas del sacerdote, sus sicarios se preparan y ejecutan múltiples homicidios de los enemigos de la familia Corleone: “¿Renuncias a Satanás? -Sí renuncio”; dos contrincantes asesinados. “¿Y a sus pompas y a sus obras? -Sí renuncio”; tres muertes más. “¿Y a todas sus seducciones? -Sí renuncio”; otros tres. Ahora, una vez que el padre da la bienvenida al bebé a la Iglesia de Cristo, la familia puede celebrar doblemente, pues Michael se ha deshecho al mismo tiempo de importantes enemigos de su familia mafiosa y con eso se constituye como el nuevo Padrino. Por si fuera poco, el niño bautizado (en realidad, la bebé es Sofía, la hija de Coppola) está pronto destinado a ser huérfano, pues el nuevo capo mandará matar a su cuñado.
El politólogo estadounidense Edward Banfield (1916-1999), popularizó el concepto de “familismo amoral”. Se refiere con él a una conducta típica que observó en un pueblo de la Basilicata, al sur de Italia. Ahí encuentra sociedades en las que la familia ocupa un lugar tan central, que la lealtad a los intereses familiares lleva a los individuos, en ciertas circunstancias, a apartarse de valores éticos y morales universalmente aceptados; con la tranquilidad que otorga esa amoralidad. Es el ethos de la mafia.
El dilema no es menor. Pensemos en un padre de familia que es testigo de la comisión de un delito grave por parte de un hijo; digamos, un secuestro. ¿Qué hará el padre? ¿Entregarlo a la justicia, consciente de que es lo que les corresponde a los delincuentes y lo que conviene socialmente? ¿O —si está a su alcance— intervenir para que su hijo quede libre y, con ello, no se haga justicia? Conste que ya sabemos lo que hacen las mafias.
Si extendemos el asunto a una mayor escala, como la de los partidos políticos, podemos ampliar la visión. Cuando un partido sabe que algún o algunos de sus militantes delinquen, ¿qué hará la dirigencia?. ¿Debe entregarlos a la justicia o ayudar a ocultar sus crímenes? Por supuesto que pensamos en los 10 de Morena acusado por un Gran Jurado de Estados Unidos, pero recientes acciones del gobierno se han apurado a mostrarnos, con el caso de funcionarios municipales del estado de Morelos, que la narcopolítica es transpartidaria. O pluripartidista, si se prefiere.
La conducta de las dirigencias partidistas ha sido, en general, la de su autoprotección, a través del encubrimiento de sus militantes delincuentes, no la de la aplicación de la ley. Porque los partidos, por sobre la construcción de un proyecto o la difusión de una ideología se aplican a la tarea de conseguir puestos para sus integrantes. Pueden hacer las dos cosas, pero esta segunda les es prioritaria. Y no representan al conjunto de la nación sino, como su nombre indica, a una parte de ella. Las narcoalianzas les han servido ¿Quién usa a quién, los carteles a los partidos o los partidos a los carteles? Si el cántaro da en la piedra o la piedra en el cántaro, mal para el cántaro.
Otra cosa sería la tarea del Estado. Porque los intereses del Estado se suponen los del conjunto de la nación y su legitimidad deriva de brindar seguridad —en el sentido más amplio— mediante el cumplimiento de la ley.
Por desgracia, la actual jefa del Estado mexicano parece haberse asumido como la cabeza de su partido y no como la de todos los habitantes y todos los partidos. Se muestra más como defensora de sus narcopolíticos que como ejecutora de las leyes y defensora de la nación. Parece preocuparle más la suerte de Morena (que, por supuesto, debe preocuparle) que la del país. Por ello se le ve sacando distintas varas para medir iguales hechos. Pero tiene enfrente —o arriba, en el norte— al país que no solo es el más poderoso militar y económicamente, sino al que políticamente se le coloca un gran balón cuando no se actúa con rigor frente a los cárteles. Y es seguro que va a patear ese balón.
Académico en retiro de la UAQ
























