Esperar se ha vuelto una actividad extraña. Esperamos a que llegue alguien y miramos el teléfono. Esperamos nuestro turno y revisamos un mensaje. Esperamos a que hierva el agua y abrimos una aplicación. Incluso cuando una película tarda algunos segundos en comenzar buscamos algo más que mirar mientras tanto. Parece que hemos desarrollado cierta incomodidad frente a esos pequeños espacios en los que no ocurre nada.

El aburrimiento tiene mala reputación. Desde pequeños aprendemos a combatirlo. “Estoy aburrido” suele entenderse como una situación que necesita una solución inmediata: un juguete, una actividad, una pantalla, cualquier cosa capaz de ocupar nuevamente la atención. Y, sin embargo, sospecho que algunos de los momentos más importantes de un proceso creativo comienzan precisamente ahí. No cuando estamos produciendo; cuando aparentemente no estamos haciendo nada.

Hay ideas que aparecen mientras caminamos sin rumbo, lavamos los platos, miramos por una ventana o permanecemos algunos minutos acostados sin dormir. No llegan porque las hayamos convocado conscientemente. Parecen surgir de algún lugar al que sólo podemos acceder cuando dejamos de buscar; Quizá porque una mente desocupada no está necesariamente vacía.

Mientras creemos que no estamos haciendo nada, continuamos relacionando recuerdos, imágenes, conversaciones, problemas y fragmentos de información que hemos acumulado durante días, meses o incluso años. Una cosa encuentra inesperadamente a otra. Una imagen que vimos por la mañana se mezcla con una frase leída hace tiempo. Una pregunta que habíamos abandonado encuentra una respuesta mientras doblamos ropa. La creatividad también ocurre en esos movimientos invisibles.

Como creativa, conozco bien la tentación de pensar que trabajar significa estar haciendo algo visible: dibujar, pintar, escribir, cortar, investigar, producir. Frente a una mesa llena de materiales es sencillo demostrar que estamos trabajando. Resulta mucho más difícil reconocer como parte del proceso esos veinte minutos mirando una hoja sin saber todavía qué hacer con ella.

Pero quizá la creación necesita ambas cosas; necesita momentos en los que perseguimos deliberadamente una idea y otros en los que permitimos que la idea nos encuentre; el problema aparece cuando eliminamos todos los espacios donde eso podría suceder. No creo que la tecnología sea necesariamente enemiga de la creatividad. Sería extraño afirmarlo cuando también dibujamos, escribimos, fotografiamos, investigamos y descubrimos mundos enteros a través de ella. El problema no está en la pantalla, sino en nuestra creciente dificultad para permitir que exista un intervalo sin estímulos.

Cada pequeño vacío parece haberse convertido en una oportunidad para consumir algo:Una imagen más, un video más, una noticia más, una conversación más; siempre hay algo esperando nuestra atención y la atención es también uno de nuestros materiales creativos. Quizá por eso defender el aburrimiento no significa rechazar aquello que nos entretiene, sino recuperar deliberadamente algunos territorios donde no necesitamos estar entretenidos.

Estamos tan acostumbrados a recibir estímulos que el vacío puede sentirse como una falla. Queremos llenarlo inmediatamente. Pero, si permanecemos ahí un poco más, comienza a ocurrir algo peculiar: la atención cambia de dirección. Empezamos a mirar, a recordar, a imaginar. La mente comienza a vagar y, cuando vaga, encuentra caminos que probablemente no habría recorrido siguiendo una ruta establecida.

No todas esas divagaciones producirán una obra. Algunas no producirán absolutamente nada, y quizá también debamos permitirnos eso. El descanso no necesita justificar su existencia convirtiéndose en productividad. Pero de vez en cuando, en medio de ese aparente vacío, dos cosas que nunca habíamos pensado juntas se encuentran.

Tal vez por eso el aburrimiento pueda entenderse como un territorio creativo. No porque esconda ideas esperando que las encontremos, sino porque deja suficiente espacio para que algo inesperado ocurra. Crear no siempre significa llenar, a veces significa hacer un poco de espacio y tener la paciencia suficiente para no ocuparlo inmediatamente.

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