Hay una pregunta que aparece una y otra vez cuando alguien visita un estudio de pintura. ¿Ya está terminada? La respuesta casi nunca es inmediata.
El artista se queda observando la obra unos segundos. Da un paso hacia atrás. Frunce un poco el ceño. Quizá responde que sí, aunque su mirada permanezca fija en un rincón donde todavía imagina una pincelada más. Quizá dice que aún no. O quizá contesta algo mucho más honesto: “creo”.
Siempre me ha parecido extraño que esperemos que las obras tengan un momento exacto de conclusión, como si existiera un sonido imperceptible que anunciara que ya no queda nada por hacer.
En la práctica ocurre lo contrario. Toda pintura admite un color más. Todo dibujo puede recibir otra línea. Todo texto encuentra una palabra distinta si lo leemos una vez más. Siempre es posible corregir, añadir, borrar, explicar, matizar o volver a empezar.
Las obras no nos dicen cuándo terminar. Somos nosotros quienes, tarde o temprano, dejamos de intervenirlas. Con los años he descubierto que terminar una obra no consiste tanto en saber qué agregar, sino en reconocer qué dejar intacto.
Al principio creemos que crear es sumar: más detalles, más capas, más información, más recursos. Después aparece una intuición distinta. Algunas veces la siguiente pincelada no mejora la pintura; simplemente la vuelve más ruidosa. Una frase adicional no aclara el texto; le roba el silencio que necesitaba. Un color más termina apagando precisamente aquello que queríamos destacar.
Hay un momento delicado en el que la mano deja de trabajar por curiosidad y comienza a hacerlo por inseguridad.
Es una frontera difícil de reconocer. Seguimos corrigiendo porque pensamos que todavía falta algo, cuando en realidad quizá lo único que falta es el valor de detenernos.
Me gusta pensar que las obras tienen una especie de respiración propia. Mientras las hacemos existe un diálogo constante entre ellas y nosotros. Nos acercamos, nos alejamos, probamos, borramos, volvemos a empezar. La obra cambia y nosotros cambiamos con ella.
Pero ninguna conversación puede durar para siempre. Llega un instante en el que ya no hacemos preguntas nuevas. Sólo repetimos las mismas respuestas. Y es entonces cuando la obra deja de crecer y empieza a girar sobre sí misma.
Quizá por eso terminar una pieza se parece menos a resolver un problema y más a despedirse de alguien. No porque deje de importarnos, al contrario; porque comprendemos que seguir reteniéndola impediría que mtuviera una vida propia.
Una vez que un dibujo sale del estudio, una ilustración entra a un libro o un texto llega a sus lectores, deja de pertenecernos por completo. Cada persona encuentra en él recuerdos distintos, preguntas distintas, emociones que nosotros nunca imaginamos mientras lo hacíamos.
La obra continúa transformándose, sólo que ya no bajo nuestras manos. Pensándolo así, tal vez la palabra “terminar” nunca fue la adecuada y ninguna obra está completamente terminada, simplemente llega un momento en que el artista decide abandonarla.
Y quizá ese sea uno de los actos de confianza más difíciles del proceso creativo: aceptar que siempre habría algo más por hacer, pero entender que también existe una forma de belleza en saber detenerse.
























