En la película “Intensamente” hay una escena cuando los personajes viajan en el tren del pensamiento. Ahí aparecen unas cajas que dicen “hechos” y “opiniones”. La protagonista Riley y su peculiar acompañante las revuelven y desacomodan. Cuando intentan volver a poner todo en su sitio y ven las etiquetas, dicen: “¡Bah, son lo mismo!”.
En el periodismo, distinguir un hecho de una opinión no es un capricho legal. Es una obligación ética. El lector y la audiencia tienen derecho a saber cuándo les estamos informando y cuándo estamos haciendo una interpretación de la realidad. Por ejemplo, este texto es una opinión.
Traigo esto a colación por la discusión de los Lineamientos Generales para la Protección de los Derechos de las Audiencias. La Comisión Reguladora de Telecomunicaciones abrió el pasado 24 de julio una consulta pública. Estos lineamientos derivan de la nueva Ley en Materia de Telecomunicaciones y Radiodifusión.
La discusión en realidad comenzó desde 2016, durante el gobierno de Enrique Peña Nieto, cuando el hoy extinto Instituto Federal de Telecomunicaciones emitió los Lineamientos Generales sobre los Derechos de las Audiencias. Desde entonces se planteaba que quienes estaban al frente de espacios noticiosos debían diferenciar claramente qué era información y qué era opinión. También había que distinguir la publicidad del contenido informativo, entre otras cosas para evitar los llamados publirreportajes, además de contar con códigos de ética y defensores de las audiencias, figuras con las que los medios públicos y universitarios cuentan desde entonces.
Al igual que ahora, algunos periodistas y empresas privadas de comunicación se opusieron. Uno de los principales argumentos fue el riesgo de censura. También se argumentó que, en formatos como mesas de análisis y noticiarios, la información y la interpretación conviven constantemente. Me parece una falsa argumentación. Una mesa de análisis es claramente un espacio de opinión. Y cuando dentro de un noticiario el conductor introduce sus comentarios como si fueran parte de la información, comete el pecado periodístico de editorializar.
La distinción resulta todavía más importante cuando observamos la crisis de credibilidad que atraviesan los medios. El estudio más reciente del Reuters Institute de la Universidad de Oxford arroja un dato que debería preocuparnos a todos los que trabajamos en ellos. La confianza general en las noticias en México se ubica actualmente en 31%, cinco puntos menos que el año anterior, mientras que en 2017 alcanzaba 49%. En nueve años hemos perdido 18 puntos porcentuales de confianza.
Quizá antes de pelear contra molinos de viento deberíamos preguntarnos qué hemos hecho los propios medios para perder la confianza de nuestras audiencias. Urge revisar nuestras prácticas y nuestras propias reglas éticas. Si queremos recuperar la credibilidad perdida, el camino pasa también por dejar claro qué es un hecho, qué es una opinión, qué es publicidad y qué es propaganda.
Riley y sus amigos podían darse el lujo de revolver las cajas porque estaban dentro de una película. El periodismo, no.
Periodista y sociólogo. @viloja
























